Terencio Muñecote
Juan Antonio Palacios Escobar
No sabía muy bien si era una persona que se sentía muñeco o quizás todo lo contrario una marioneta que actuaba como un ser humano. Dentro de sí eran como si transcurrieran vidas paralelas y destinos diferentes. Terencio escuchaba con empatía aquella visión distinta de Los personajes y las situaciones.
Mientras escuchaba de fondo cantos gregorianos de los monjes benedictinos del Monasterio de Santo Domingo de Silos, reflexionaba sobre los riesgos y amenazas que le acechaban en cualquier momento. Como, donde menos se lo esperaba podía saltar la sorpresa y aunque pretendiera dejar atrás todas las preocupaciones y complicaciones, debía prepararse para que algún problema, por insignificante que pareciera alterara sus planes.
A veces crecido por las ventajas y en ocasiones consumido por las dificultades , sentía que necesitaba no hacer nada, descansar y disfrutar de su tiempo., pero no podía dejar de trabajar , era una necesidad, se diría que una obsesión que le atenazaba y le dominaba.
Terencio Muñecote experimentaba como cualquier hijo de vecino, momentos dulces y amargos, normales y raros, entrañables y extraños. Sabía que la vida no era un carnaval pero tampoco podía padecerse como un funeral.
Tenía según pasaban los años, y él ya había traspasado la frontera del medio siglo, lo que nos suele pasara a casi todos, que vamos de un lado para otro con la mochila de nuestra historia y el monedero de ser esclavos y rehenes de nuestras palabras., o lo que les ocurre a algunos, de confundir la red con la realidad y ambas con sus propios deseos.
Desde muy pequeño lo habían etiquetado de hiperactivo, porque le veían envuelto en la necesidad de hacer algo, sin saber muy bien ni qué ni para qué., aunque costara mucho trabajo atender a los demás para que pudieran dar sus ideas y opiniones.
Los cambios en su hoja de ruta eran permanentes, siempre entre dos fuegos, entre la espada y la pared, lo fantástico y lo inolvidable, lo cerrado y oscuro, y lo receptivo y abierto., sin esquemas prefijados ni ideas preconcebidas.
Había aprendido en el gran teatro del mundo, a tener entradas discretas y salidas dignas, a dominar las tentaciones de la exageración, a entre optimismos y pesimismos, celebraciones y lamentaciones ser un verdadero superviviente.
Muñecote a sus 54 años, no había dejado de sorprenderse, y entre enseñanzas y aprendizajes, claves y secretos, peleas y paces, rutas y caminos, su principal virtud era la perseverancia., en la que era capaz de convertir en realidad cualquier sueño y transformar en positiva la más atroz de las pesadillas.
Ponía toda su energía en todo cuanto hacía, y entre ritos y retos, ratificaciones y rectificaciones, dislates y disparates, no estaba dispuesto a entregarse en los brazos de los negativos y fustigarse de la manos de los doctores de los errores., que se empeñan en negar que existen soluciones alternativas.
Estaba experimentando una nueva sensación que le cambiaba, le enriquecía y le animaba. Tenía necesidad de estar a solas consigo mismo. Precisaba de tiempo para pensar, sin tener que dar tantas explicaciones. Debía avanzar dando pasos muy pequeños, sabiendo aceptar y perdonar y procurando enterrar las palabras malditas que solo procuran ofensas y conflictos.