Marcial Vázquez
Siempre he creído que en política el pacto está profundamente sobrevalorado. Sobre todo cuando no existen condiciones para que se produzca un pacto común y, sin embargo, se fuerza o se busca pensando que siempre cualquier operación estética es mejor que la defensa de la propia ética. Los pactos en democracia siempre han sido necesarios y útiles bien en situaciones excepcionales o bien cuando existen partidos que comparten un objetivo común como puede ser el bienestar de los ciudadanos por encima de apetencia y vicios partidistas propios. Pues bien, en España ahora se da de manera más que sobrada la primera situación, pero estamos más lejos que nunca en nuestra historia del segundo supuesto. Es decir, que plantear en la actualidad pactos a un gobierno fascista desde el PSOE es, como mínimo, un negocio político profundamente ruinoso y casi suicida electoralmente.
Esto viene al caso porque me llevé este jueves la primera sorpresa no precisamente agradable de mi presidenta, tras su reunión con el inútil de Rajoy. Mientras estuve leyendo las reivindicaciones y defensa de los intereses andaluces ante un gobierno, como el del PP, que solamente tiene un objetivo respecto a Andalucía y que no es otro que pisotearnos y ahogarnos todo lo que puedan porque para ellos antes que españoles somos rojos desagradecidos que no merecemos mucha compasión, me sentí reconfortado por el discurso claro y directo de Susana. Pero mi asombro estalló cuando leí la propuesta de un pacto contra la corrupción y que, además, le pedía a Rajoy que lo liderase precisamente él. Todo justificado con un bonito párrafo idealista: “La corrupción no puede ser un arma para aniquilar al adversario. Debemos combatirla todos los gobiernos juntos. Si los ciudadanos no confían en la política parte de esa culpa es de los que estamos en lo público”.
En primer lugar creo que es un error que la presidenta de una CCAA llegue a la Moncloa para ofrecer un pacto a nivel global al presidente nacional. Más que nada porque de estas cosas ya se ocupa el secretario general del PSOE que para eso está, para marcar las directrices de la política nacional respecto al gobierno actual. Si a esto le sumamos que el discurso o la propuesta de Susana choca frontalmente con la estrategia de oposición de Rubalcaba frente al PP sobre el caso Bárcenas, la cosa chirría aún más. Es cierto que Susana aseguró que su pacto no era incompatible con el discurso del PSOE en el Parlamento, pero lógicamente esto nadie puede tomárselo en serio porque por supuesto que es antagónico a que se tache a Rajoy de ser un mentiroso, inhabilitado para luchar contra la corrupción ya que la sombra de Bárcenas le acompaña allá donde va. ¿Podría liderar esta lucha alguien puesto en duda por evidencias que demuestran que ha mentido sin pudor ni rubor al Parlamento sobre los sobresueldos y la presunta financiación ilegal de su propio partido? Es evidente que no.
Desconozco si mi presidenta cuando se reunió con Alfredo le informó de que le haría esta oferta a Rajoy. Hay dos opciones ante esto: que Rubalcaba le pidiese que no lo hiciera y Susana no le haya hecho caso; o que Rubalcaba le diese vía libre porque no quiere más líos internos. Sea como sea, y es mi opinión, a Susana le sobró en su discurso ante el presidente del Gobierno su oferta del pacto anti corrupción y, encima, cediéndole el protagonismo.
Precisamente cuando Susana dice que la corrupción no puede ser un arma para aniquilar al contrario, parece olvidarse que el PSOE-A lleva años sufriendo una estrategia de acoso y derribo, infame en la mayoría de ocasiones, por parte de la derecha a costa de los ERE. Sin este uso político de la corrupción, Griñán podría seguir como presidente de la Junta si entendemos que abandonó el cargo antes de que fuese imputado por la candidata del PP andaluz. Por ejemplo. Es más, la derecha andaluza sin los ERE y los votos de los almerienses no es nada, absolutamente nada, y por esto mismo comprendo aún menos que tiendas la mano a una derecha fascista y despiadada que ha sido de todo menos misericordiosa con la izquierda en general, pero en particular la andaluza.
Comprendo que Susana habrá dado este paso convencida, con motivos y seguramente aconsejada por asesores cercanos que, posiblemente, tendrán mayores conocimientos que yo y mejores elementos de juicio que los míos. Mi consejo, en este sentido, es simple: sigue gobernando y defendiendo a Andalucía de las garras de la derecha y no ofrezcas pactos de dudosa lógica a un partido que justifica los homenajes nazis y muchos menos a un presidente que escribía mensajes como este: "Luis, lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo".
