Sulpicio Templado

Juan Antonio Palacios Escobar

Por aquella ventana salía toda la claridad de aquella ciudad marinera. Tal vez por eso Sulpicio sabía que no había llagado el fin del mundo y quizás eso, con su edad, le daba fuerzas y valor para decir las cosas con el corazón y no con la boca pequeña. En su senectud estaba recogiendo lo que había sembrado en su juventud y madurez, y con toda intensidad de la sangre que le corría por las venas notaba el amor de su mujer.

Se notaba algo cansado y eran tiempos en los que no podía excederse en nada, aunque se podía permitir todas las meteduras de pata sin miedo ni temor a ser juzgados en la seguridad que el aire libre en su rostro era su mejor medicina.

A sus ochenta y cuatro años, no se sentía atraído por los pensamientos irrelevantes y sus declaraciones absurdas, y como la discreción no era uno de sus puntos fuertes, casi siempre se encontraba dispuesto a romper barreras y salir de su círculo habitual, lejos de espejismos y cerca de las realidades.

Siempre había emanado de Sulpicio un magnetismo especial, pero había procurado inteligentemente no llamar la atención para no provocar envidias. Ahora, lejos de enfados y rabias, de masticar dudas e incertidumbres, de alimentar odios y rencores, entre semblanzas y recuerdos, procuraba tener a mano la terapia de la sonrisa.

En sus viajes hacia el pasado desde este presente incierto, se daba cuenta que tenía muchas cosas para recordar y gente para olvidar. Lo que le quedaba de vida quería llenarla de pequeños detalles y con el paso del tiempo había aprendido que se podía ser feliz con muy pocas cosas.

Con la magia de su experiencia, procuraba huir de los espacios ruidosos y abarrotados y dar más de lo que recibía entre satisfacciones y decepciones, estando preparado para cualquier jugarreta y logrando el milagro que lo improbable fuera realizable y lo imposible llegara a ser una realidad alcanzable.

No tenía prisa y era capaz de hacer frente a los imprevistos que le fueran surgiendo. Sin embargo, en esta era del disparate, no dejaba de asombrarse, con el ánimo fuerte y sin abatirse ni rendirse, entre soplidos y silbidos, no quería dejarse llevar por sus emociones.

Templado había aprendido a escuchar con paciencia, y casi siempre decía las palabras justas, distanciándose de ideales inexistentes y falsos debates, sin follones y guirigáis, aspavientos y escándalos, trucos y trampas.Sin necesidad de aplausos ni abucheos, insultos y halagos, caricias y amenazas, ni acosos y derribos,

Muchas veces se preguntaba que le estaba ocurriendo. No le parecía real lo que le estaba sucediendo. Era como soñar despierto y se mostraba auténtico y sin artificio, vacunado de la seducción y la perversión de la palabra, intentaba convencer con el gesto y la mirada.

Sulpicio, sensible, encantador y receptivo, con perspicacia y sin sofisticación, sin tretas ni patrañas, sin cremas ni ungüentos, lucía con intensidad en la forma de comunicarse en busca de su identidad perdida, pero sin la ansiedad de estar en misa y repicando.

Bien visto su vida había merecido la pena, y superado los aguantes y desplantes, sin necesidad de recurrir a descaros y disimulos, y aunque no corrían buenos tiempos para llevar a cabo inversiones arriesgadas, sabía que casi siempre se podía hacer más, por eso oyendo aquel cante intentaba coger el compás.