Sulpicio Indeseable
Juan Antonio Palacios Escobar
Desde pequeño había sido alguien de difícil trato. Ningún compañero en el Colegio de los Maristas de su Guadalajara natal buscaba su compañía sino todo lo contrario. Les rehuían como si fuera un bicho raro y peligroso. Con los años esta personalidad se fue acentuando en sus aspectos más negativos.
Como además era de los que se escudaban bajo el anonimato o seudónimo en las redes sociales sin tener la valentía de decir las cosas con su nombres y apellidos, se permitía el lujo de pontificar y santificar insultando y denigrando a los demás como poseedores de la única y absoluta verdad.
En su afán justiciero se permitía el lujo de ensuciar el nombre, la fama y la honra de cualquiera, sin embargo él era muy sensible a cualquier crítica que se le hiciera aunque fuera a través de la máscara bajo la que se escondía y refugiaba.
No aceptaba el más mínimo reproche por su actuación. Solía reaccionar con violencia y perdía la calma con mucha facilidad sin admitir ninguna explicación. No escuchaba a nadie pero juzgaba a todo el mundo desde el resentimiento y un deseo de venganza que solo se explicaba por estar todo el día embadurnado en envidia.
Indeseable lo sabía todo de cualquier cosa y de todo el mundo. No ignoraba nada. Solía sentirse superior y hacía que los demás tuvieran la sensación de ser estúpidos e inferiores. En el colmo de su soberbia no admitía que se les ayudase en nada y preferían hacerlo todo ellos mismos, ya que sostenía que así era mejor.
Sulpicio era especialista en no admitir ninguna iniciativa que no fueran las suyas y si alguien se le ocurría proponer cualquier proyecto, se encargaba de colocarle todos los obstáculos en el camino procurando contagiarle del mayor pesimismo y si es posible humillarlos.
En sus relaciones con los demás, no es de los que van haciendo amigos y siempre ponía de manifiesto los defectos de los otros, les hacía sentirse culpables de cualquier situación y no es de extrañar que la inmensa mayoría de los mortales, salvo algunos masoquistas, al verle aparecer salieran corriendo como alma que lleva el diablo.
Un día de este invierno despertó raro y distinto. Era una persona agradable, que estaba de acuerdo con todo lo que decían y hacían los demás y asentía con una sonrisa sus acciones como si aprobará todo lo que ocurriera a su alrededor.
Su amabilidad resultaba empalagosa y le hacía perder a los demás la paciencia, que necesitaban de alguien que discutiera sus ideas, no un robot que repitiera mecánicamente todo lo que escuchara y aceptara todo lo que le decían.
Transcurrida una semana, su vida era igual de insoportable que antes. Estaba visto que no acertaba ni con la postura de ser un insufrible que iba machacando a la gente que se le cruzaba en el camino y era rechazado por ello, ni buscando la aprobación de los demás para ser aceptado pero que terminaba resultando inaguantable.
Sulpicio Indeseable estaba dispuesto a cambiar de nombre y apellido, pero sobre todo a modificar su conducta. A ser uno más, entre los demás, capaz de comportarse como un igual que habla, discute y acepta las críticas, que las cosas no son siempre como parecen aunque en ocasiones parezcan como no son.
Estaba dispuesto a terminar cada día con algo que hiciera feliz a alguien, y si alguien intentaba hacerle daño, impedírselo con la mejor arma, la indiferencia.