Suárez no votaría al PP

Marcial Vázquez

La cantidad de tonterías que se han escrito en estos últimos días sobre Adolfo Suárez es un vivo ejemplo de la incultura histórica que existe en este país que, en el caso que nos ocupa, se conjuga con la miseria política de algunos. Y humana, porque casi siempre el político oportunista va de la mano de la ausencia de valores. Pocos han sido aquellos que han escrito con equilibro sobre una figura clave en nuestra historia, donde algunos intentan apropiárselo sin ningún tipo de pudor mientras otros no celebran su muerte pero les falta poco para ello. La cuestión es que existe con Adolfo lo mismo que se produjo con Mandela: una admiración pública en forma de declaraciones pomposas y homenajes estéticos de aquellos que con sus actos ensucian su memoria y su legado. Si Adolfo Suárez tuviese ahora 20 años ni sería ni votaría al PP.

Porque la actual derecha en general, Rajoy en particular, son la viva imagen de la cara opuesta que nos dejó grabada en nuestra piel histórica el ex presidente que consolidó la transición y tuvo el inmenso logro de no haber muerto asesinado. Digo esto porque España es el país con más magnicidios presidenciales de toda la historia mundial. Entonces a Suárez no solamente lo habría querido ver muerto la ETA, sino y sobre todo los grupos fascistas armados de extrema derecha, que acudieron a un despacho de abogados de Atocha para dejar su infame huella en los recuerdos que sangran aún en el pasado más reciente de España.

De todas las declaraciones que se produjeron el sábado y el domingo me sorprendieron dos, en particular, por ser quienes son sus autores y representar dos figuras referentes en la izquierda. Uno de ellos fue Alberto Garzón, el cual dijo que Suárez era de la “élite franquista” y cuyo acto de legalizar al partido comunista era algo que no tenían que agradecerle en el PC. Y el otro fue el periodista Fernando González, “Gonzo”, que escribió el siguiente tuit: “y pensar que algún día dirán de Mariano que fue un hombre honrado y un gran presidente. De él y de los otros”. Un tuit tan abyecto que nos lleva a dos conclusiones: que Adolfo es comparable a Rajoy; y cuando dice “de los otros”, pone a la altura de Rajoy a Zapatero y Felipe González. Pues bien, este es uno de los iconos del periodismo “progre” que se cree por encima de toda coherencia y rigor.

Pero ya lo más nauseabundo de todo llega, como no, con la utilización que hace la derecha de Adolfo, para la cual es “su muerto”, y pueden usar su memoria como le venga en gana. El primero, por supuesto, Aznar, que consiguió llevarlo a un mitin en el 2003 cuando puso al hijo de Suárez como candidato en Castilla la Mancha frente a un pletórico Pepe Bono, que arrasaría en las urnas pertinentes.

Fue el mismo Suárez el que declaró públicamente que “Aznar le había retirado de la política”. Y también fue el mismo Aznar el que confesó que se cargó al CDS porque le estorbaba en su operación centro, centro del poder, se entiende.

 

 

Yo pregunto, ¿en qué se han parecido Aznar y Suárez en su vida política? En nada, absolutamente nada. Adolfo se jugó su vida para edificar y consolidar una democracia para los españoles mientras Aznar puso en juego todo el estado y todo el futuro de los españoles para llegar al poder al precio que fuese. Uno fue la generosidad y la valentía; el otro la cobardía y la conspiración. Pero ahí tenemos a José María, diciendo que él es el heredero de Adolfo.

Para terminar no puedo dejar pasar una noticia que salta a la luz ayer mismo y que es la siguiente: “Un juzgado de Toledo suspendía cautelarmente el cierre del centro de Alzheimer de la capital que el presidente de la Diputación provincial, el “popular” Arturo García-Tizón, pretendía clausurar el próximo 1 de abril”. Adolfo Suárez murió de Alzheimer.

“Un político no puede ser un hombre frío. Su primera obligación es no convertirse en un autómata. Tiene que recordar que cada una de sus decisiones afecta a seres humanos. A unos beneficia y a otros perjudica. Y debe recordar siempre a los perjudicados”. Este es el legado moral de un español que hizo posible, durante unos años, la realidad de una derecha nacional dispuesta a respetar las reglas del juego y a tratar con respeto a todos los ciudadanos sin catalogarlos según su “estirpe”.