Soraya quiere ser candidata

Marcial Vázquez

Aún recuerdo cuando meses atrás leí, por primera vez, la posibilidad de que Soraya Sáenz pudiera llegar a ser la sustituta de Rajoy si las elecciones del 24-M resultaban una hecatombe para el PP, como muchos parecen advertir. En aquel momento, la verdad, la única reacción posible fue la perplejidad, porque ignoro si la vicepresidenta tendría la capacidad de imponerse como candidata en su propio partido, pero que en noviembre la iba a votar solo su marido y su familia más cercana es un hecho casi indiscutible. Ya sabemos que los tradicionales votantes de los partidos suelen tener unas tragaderas enormes para comulgar con ruedas de molino gigantescas, pero lo de Soraya ya entraría, directamente, en el insulto a la inteligencia humana. Hay quien dice, ¿no ha podido alguien como Rajoy llegar a ser presidente? Sí, a la tercera y no por méritos propios. Pero Soraya no tiene ninguna expectativa coherente ni siquiera para llegar a la primera.

El Partido Popular está en crisis. Una crisis tan profunda que no solamente es de proyección demoscópica sino de introspección orgánica. La famosa unidad del partido en torno al poder que ha permitido a Rajoy aguantar 11 años ya, siendo una inutilidad manifiesta y un holgazán intelectual como pocos en todo el Congreso de los Diputados,  empieza a agrietarse ante la inminente cascada de pérdidas de mayorías absolutas en ayuntamientos y comunidades. Siendo esto un drama, no es el castigo que merecería el PP después de estos 4 años de pecados capitales conjugados con delitos y público latrocinio. Hay un comodín que aún le queda a la derecha popular y que hasta el 25-M no sabrán si podrán usarlo. Un comodín llamado Ciudadanos. ¿Está muerto el PP? Podría decirse que en estado terminal pero esperanzado de probar un medicamento milagroso conocido como Albert Rivera. Algo que, por lo menos en Almería, nos lleva a una conclusión fácil: votar a Ciudadanos es votar a Luis Rogelio o a Gabriel Amat, porque es desde las cloacas del PP almeriense desde donde se dirigirá la situación post electoral a las municipales.

Pero volvamos al análisis nacional. En primer lugar debemos entender un rasgo muy peculiar del Partido Popular: y es su desafío continuo a la lógica política y electoral más elemental. Sin ir más lejos en las europeas del año pasado ganaron las elecciones sin quererlo, con un candidato que era la antítesis de un cartel ganador y con una campaña llena de desidia y de mediocridad. Es cierto que en Andalucía se dejaron 17 parlamentarios, pero aún así conseguir 33 es una hazaña teniendo en cuenta que se presentaron a las andaluzas sin candidato. Por lo que, frente a los que ya dan por amortizado la era del PP en el poder, es necesario añadir un plus de prudencia porque la derecha, en esta país y no digamos ya en esta provincia, suele dar muestras de resistencia numantina.

 

Sí es cierto que la aparición de Ciudadanos, tan fulgurante y sorprendente como la de Podemos, supone una amenaza integral para las cuentas de Arriola. Pero, ¿para todas sus cuentas? Digamos que solo para sus cuentas directas, porque como digo existen otras indirectas. ¿Cuál es el mejor escenario posible al que puede aspirar el PP en este 2015? Hablando de manera realista que sus votos junto a los de Ciudadanos conformen una mayoría absoluta en municipios y autonomías, como paso previo a las Generales. Con una perspectiva de 4 años más en el poder aunque sea mediante coalición las aguas bajarían mucho más tranquilas de cara a noviembre y la derecha podría recuperarse bastante anímicamente. Entiendo que, por el contrario, para Ciudadanos lo deseable sería mantener todo en stand-by hasta el recuento de las elecciones de noviembre.

Sea como sea hay que comprender que Ciudadanos va a nutrirse de todos los votos de los desencantados y de los abstencionistas no solamente del PP, aunque sí en su mayoría, sino también incluso de votantes con tendencia al Partido Socialista. Si la marca de Ciudadanos compite con el PP, el perfil estético y generacional de Rivera entra en competencia directa con Pedro Sánchez. Hasta tal punto es así que mientras el primero promete un “cambio sensato”, el segundo no deja de repetir lo del “cambio seguro”.

El cambio, en este sentido, claro que es seguro, pero no con esa seguridad de la que habla quien piensa que puede llegar a ser dueño del cambio que ya se está produciendo en España.