miércoles. 03.06.2026

Sigfrido Nomofóbico

Juan Antonio Palacios Escobar

Era un adicto al móvil. No podía pasar un solo minuto sin consultar los correos electrónicos, sin ver el whasapp y  adentrarse en los distintos chats en vivo con el resto de sus contactos. Inhibirse a la hora de consultar las redes sociales, las noticias o los diferentes programas de internet hubiera sido una misión imposible.

Sigfrido vivía por y para sus tres móviles. Les daba prioridad absoluta y atenderlos, mimarlos y cambiarlos de vez en cuando por el modelo más de última generación era su máxima aspiración. Había ido a mil y un psicólogos y  a multitud de terapeutas pero seguía igual o peor.

Su grado de dependencia era de tal calibre que estaba en un estado en el que sufría  serios problemas de autoestima, déficit de atención y un progresivo aislamiento en que se fabricaba un mundo en que no se relacionaba con nadie, como de total y absoluto aislamiento.

Cuando estaba secuestrado por las nuevas tecnologías, demostraba una sensación de temor, inseguridad, sensación de descontrol como de estar desconectado de todo lo que le rodeaba, bien fuera real o imaginario, era como si estuviera fuera de la circulación o de no poder concentrarse en lo que realmente tenía que hacer.

Nomofóbico estaba siempre entre el cielo y el infierno, entre lo uno y lo otro, el interior y el exterior, el alejarse de los que están cerca y el acercarse a los que están lejos, en esa especie de angustia contradictoria no sabía qué redes tenía que actualizar ni cuánto tiempo debía  dedicarle.

Toda su vida la llevaba en su móvil y era incapaz de apagarlo para disfrutar de actividades como ir al cine o al teatro, cenar o practicar algún deporte y cada día era más dependiente lo que no le permitía decirle con autoridad a su hijo que no podía llevárselo a clase.

Como a nuestro personaje, el dichoso aparatito le había cambiado sus relaciones sociales, sus ocupaciones y la manera de ocupar su tiempo libre sin ser conscientes de los enormes perjuicios que le suponían el uso constante, permanente y sin descanso de este artilugio.

Es posible que si a cualquiera de nosotros se nos hubieran dicho hace algunos años que íbamos a tener que hacer frente a una enfermedad como el nombre de nuestro amigo, le hubiéramos respondido directamente  y sin tapujos que estaba loco y que eso no era posible.

 Lo cierto es que Sigfrido era incontrolable cuando pensaba que su móvil se había perdido o cuando estaba dañado por cualquier circunstancia o simplemente veía que otra persona manejaba su oscuro objeto de deseo. No era comprensible, pero en su ansiedad eran frecuentes los ataques de pánico, los dolores de cabeza o de estómago.

Nomofóbico, ante la ausencia de su móvil sufría insomnio, pensamientos obsesivos    y taquicardias y la verdad es que lo pasaba fatal. Él, como   un 53 % de los usuarios de estos teléfonos que tanto beneficio nos pueden procurar pero tanto perjuicio nos ocasionan en ocasiones, estaba decidido a superar esta dependencia.

Como  se veía incapaz de controlarse gradualmente para ir poco a poco diciéndole al móvil, “conmigo no puedes”, decidió eliminar de su vida este importante medio de comunicarnos. Redescubrió lo placentero que resultaba dormir con el  dichoso elemento apagado, como era posible mantener una conversación sin ser interrumpido  por un tono impertinente y molesto.

        Se podía vivir perfectamente sin  un instrumento, que lejos de facilitarnos la vida, nos la complicaba imponiéndonos su presencia y su control.

Sigfrido Nomofóbico
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