Juan Antonio Palacios Escobar
Un día cualquiera de este invierno queridos lectores de TELEPRENSA.ES, con las temperaturas tan bajas que hay que pensarse muy bien poner el pie en la calle, hallábase este articulista; recién comenzado el 2013; dispuesto a elaborar este comentario cuando uno de esos espíritus extraños, de esos entes imaginarios, de esos personajes propios de los cuentos infantiles se coló por la ventana, un duende dispuesto a formar ruido, producir trastornos o hacer travesuras.
Helo aquí, que quien se coloca ante la pantalla del ordenador e intenta contarles algo cada semana, encontrábase a la busca de una idea que llevarse a la boca, cuando el diminuto ser comenzó a hacer de las suyas y a manejar mis dedos como si estuviera poseído y no fuera dueño de mis actos.
Tras un mágico forcejeo con el duendecillo, llegamos a un acuerdo para repartirnos las tareas, el me iría soplando al oído y yo intentaría transcribir lo que el me apuntara. Quería saber como nos veía a nosotros, de que forma analizaba la realidad, que en ocasiones nos deleita y otras nos agobia.
Me dijo que no entendía como los humanos tan sesudos, nos empeñábamos en competir entre nosotros para acumular propiedades y poder, y nos íbamos dejando en el camino parte de nuestra autenticidad y poco a poco, lejos de encontrarnos a nosotros mismos, nos distanciábamos y alejábamos en una especie de esquizofrenia sin sentido.
Tampoco lograba comprender nuestro amigo, ese afán en ordenar y controlar el mundo a nuestro antojo cuando todo era cada vez más disparatado y desastroso, en una especie de función de la locura en un escenario de aparentemente cuerdos.
Extrañábale que todos pregonáramos, y convocáramos importantes reuniones para alcanzar la paz entre los pueblos, mientras seguíamos gastando nuestros recursos en participar en guerras que solo servían para incrementar los intereses de la industria armamentística.
Intenté explicarle la contradicción permanente del ser humano, su empeño en decir unas cosas y hacer justo las contrarías, nuestros afectos y amores frente a los odios y venganzas , nuestras lógicas e irracionalidades , incluso pretendí fundamentarle que todo eso formaba parte de nuestra forma de ser y estar.
Pero el me replicaba una y otra vez, de nuestra fama entre toda la fauna animal de ser los más inteligentes, e incluso de ser únicos y excepcionales en relación al resto de los demás integrantes pobladores de este planeta llamado Tierra, pero que lo que contemplaba no sostenía precisamente esa tesis.
Encontrándonos en esta discusión, abriose la puerta y una bocanada de aire siberiano que anunciaba, aunque con algo de retraso, la verdadera llegada del invierno hizo desaparecer a nuestro duende, no sabemos si impulsado por el torbellino del viento, o voluntariamente ante los desperados intentos de entenderme y convencerme de lo absurdo de mis planteamientos.
Tal vez ahora, se encuentre enredando en la obra de cualquier escritor, para distorsionar las palabras y provocar alguna errata o quizás haya emprendido el camino de la imaginación o la fantasía en cualquiera de los relatos para niños con la intención de hacer la realidad mejor.
De nuevo me quedé sólo ante la pantalla del ordenador, y entre la duda y la perplejidad, me preguntaba si no llevaría razón nuestro habitante de los bosques, si tras toda nuestras aparentes buenas intenciones y palabrerías, no nos planteamos por comodidad, miedo o egoísmo, la más minima posibilidad de cambiar, porque como decía Goethe “somos tan limitados, que creemos siempre tener razón”
