Saturio Ceporrete
Juan Antonio Palacios Escobar
Perdido en el pueblo burgalés de Tosantos, en plena ruta jacobea, con sus otros cincuenta y cinco vecinos, a sus 57 años, apenas había salido de aquellos campos castellanos. Si acaso, que el recordara en un par de ocasiones que había tenido que ir necesariamente a la capital para arreglar asuntos de propiedades ante el notario o ir al médico.
No obstante y a pesar de hacer honor a su apellido, porque era torpe con avaricia, se defendía como podía. Saturio había tenido oportunidad de relacionarse y hablar con muchos peregrinos a lo largo de su vida, con muchos caminantes de diferentes nacionalidades que hacían el Camino de Santiago,
Algunos de sus paisanos, pensaban que no era tan mendrugo como aparentaba, y que era más exageración que otra cosa. Sabio e ignorante había aprendido a vivir con poco y se sentía feliz en su escasez, y aprovechaba cada momento y cada contacto, y era consciente que había relaciones que eran mejor dejarlas escapar porque no le iban a aportar nada.
Ceporrete, debía esforzarse en actuar inteligentemente y dejar de echar balones fuera, aunque en demasiadas ocasiones le pudieran las chorradas y los chirridos, necesitaba enfocarse en su bienestar y en no perderse en batallas inútiles.
Tenía que superar esa sensación de obcecarse y no ser capaz de dialogar. No buscarse enemigos por empeñarse, a toda costa, que la única razón posible era la suya. Necesitaba alejarse de la realidad para reflexionar sobre su futuro.
Tampoco estaba dispuesto a perder el tiempo a causa de errores ajenos. Estaba aprendiendo a vivir mejor, lejos de emociones toxicas y de aquellas situaciones que le sacaran de sus casillas. Debía mantener a raya sus impulsos y su tendencia autodestructiva.
Se estaba dando cuenta con el tiempo, que entre ofensivas y defensivas, conjeturas y suposiciones, debates y disparates una tentación de algunos políticos es ese sincretismo infantil de vendernos la parte por el todo. Cada día que pasaba su lenguaje era más preciso.
Había ido superando los viejos vicios de la palabrería. No decía más de lo necesario, incluso en el empleo de figuras literarias como las metáforas, procuraba estudiar cual era la más conveniente para cada ocasión, sin ampulosidades ni excesos, que convierten en irrelevante lo significativo.
Saturio iba superando su necedad, sin carreras ni prisas, sin floripondios ni adjetivaciones. Estaba siempre atento para escuchar a la gente, para descubrir cómo son las palabras por dentro, en su contenido y por fuera en sus formas, y encontrar la manera de recrearlas y convertirlas en literatura.
A pesar de la justeza, con la que estaba empleando el lenguaje, intentaba recoger todos los matices y no ser cómplice de los grandes titulares que con medias verdades pregonan grandes mentiras o abusan de exageraciones que deforman la realidad.
Había asumido nuevas obligaciones que le llevaban tiempo y se sentía particularmente cansado , aunque profundo y gratificado sin entrar al trapo de discusiones sin sentido ni manipulando los argumentos para ofrecer soluciones falsas a problemas reales.
Debemos hacer un permanente examen de conciencia y no dedicarnos a restar en lugar de sumar, no utilizar las puertas de atrás y los callejones para llegar a nuestro objetivo en lugar del camino recto, y sin tensiones ni sobresaltos., sabiendo que podemos hacer lo que nos propongamos aunque nuestro estado sea aparentemente negativo.