miércoles. 03.06.2026

¡Qué vergüenza!

Juan Antonio Palacios Escobar

No es habitual que alguien que no es católico, ni apostólico y mucho menos romano, recurra en los últimos tiempos a expresiones pronunciadas por el Papa Francisco, que ante la tragedia de Lampedusa, lugar que fue el primero donde viajó, exclamó “Solo me viene una palabra, es una vergüenza”

Como ha dicho el primer ministro francés, Jean-Marc Ayrault “la compasión no es suficiente” y yo añado que tras muchas declaraciones ampulosas e hipócritas, desde las instituciones europeas, desde una tierra que es la cuna de las políticas del Bienestar,.es necesario tomar decisiones, que no sean promulgar leyes que sancionen a quien presta auxilio ante quienes tras recorrer en muchas ocasiones miles de kilómetros se juegan la vida en busca de un dorado inexistente, pero que es infinitamente mejor que el infierno de donde vienen.

Por muy mal que lo estemos pasando, y aunque poco a poco vamos perdiendo derechos básicos bajo la pantalla de la crisis económica y con el instrumento de los recortes, no podemos ni debemos mirar para otro lado ante el drama de la inmigración que diariamente llega a nuestras costas. Nuestra solidaridad no puede quedar en bonitas palabras ni en lamentaciones.

Aunque las cifras bailan, todos los datos indican, que eran quinientas dieciocho personas , fugitivos de Eritrea y Somalia , muchos de ellos menores de edad , los que iban hacinados en la barcaza, antes de que ésta se incendiara y se hundiera a media milla de la isla de Lampedusa.

No sé cuantos cadáveres se habrán logrado recuperar cuando ustedes lean estas líneas, pero sospecho que serán muchos, solo ciento cincuenta y cinco tuvieron la fortuna de sobrevivir y aquellos a los que eufemísticamente llamamos desaparecidos, puede que en los próximos días vayan completando la lista de los muertos.

En una sociedad como la nuestra, especialista en fabricar pobres para esconderlos, perseguirlos y devolverlos a sus lugares de origen, en darse golpes de pecho y hacer caridad a bombo y platillo, pero que no molesten ni afeen nuestro bienestar, no sorprende pero indigna que mientras a los muertos de Lampedusa se les conceda la nacionalidad italiana, a los vivos no solo se les expulse sino se les multe con 5.000 euros.

Lampedusa, es una cruel y penosa historia, que se unen a otras muchas en nuestro Mediterráneo. En este 2013, se cumplen 25 años de naufragios y muertes de inmigrantes en España, desde aquel 1988 en que el mar arrastró a nuestras costas los primeros once cadáveres o hace diez años en este mismo mes de octubre vivimos el naufragio frente a las costas de Rota con 37 muertos.

Son solo algunos ejemplos, y siguen viniendo, y continúan jugándose lo mejor que tienen y tal vez lo único que les queda tal ser victimas de las mafias que trafican con seres humanos, sus vidas, y lo hacen en embarcaciones de juguetes, y mientras nosotros, los ciudadanos y ciudadanas de la Unión Europea, repetimos oficialmente que hemos de reunirnos para estudiar las soluciones más convenientes para que esto no vuelva a suceder.

Los lampedusianos al igual que todos los hombres y mujeres de bien que poblamos las costas del sur de Europa, han demostrando que desde una pequeña isla del Mediterráneo se puede adoptar una actitud digna y solidaria. Están como dice su alcaldesa Giusi Nicoloni, atónitos, llenos de lágrimas pero también de rabia y esperan que suceda algo, que no se cambien todo para que todo continúe igual, que haya cambios radicales, y que la política de inmigración sea verdaderamente comunitaria, porque hasta ahora solo recogen inmigrantes vivos para multarlos y muertos para enterrarlos.

¡Qué vergüenza!
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