Zulay Montero Maldonado, teleprensa.com Granada
Los tiempos han cambiado y con ellos hemos ido perdiendo parte de nuestra privacidad al servicio de la popularidad en la red. Es algo que no siempre valoramos ni tenemos en cuenta. Hasta que llega un momento en el que decidimos que nadie tiene que saber de nuestras vidas privadas más allá de lo que les queremos contar.
En ese momento puedes llegar a pensar que es imposible controlar lo que se comparte en internet. No lo es, sigue siendo posible. Pero en un mundo en el que todo vale hemos creído que era seguro compartir nuestras vidas en ese mundo virtual. Que un día creímos que era reflejo del real.
El otro día mientras veía la televisión sentí mucha rabia y pena al escuchar las noticias sobre la auxiliar infectada de ébola. Pensé ¿por qué tenemos que saber todos su nombre? ¿de que la conocemos para referirnos a ella por su nombre de pila? ¿Acaso es nuestra amiga, familia o conocida?. No tenemos derecho a referirnos a ella como Teresa, como si la conociéramos de toda la vida. Sus fotografías personales, su nombre y apellidos han llenado las noticias como si fuera lo más normal del mundo.
Hay una gran diferencia entre información y sensacionalismo que los medios españoles están ayudando a disminuir e incluso difuminar. Pero es tan fácil como hacerse una pregunta que aprendimos hace muchos años y algunos ya han olvidado ¿aporta algo a la información ese dato?, ¿es clave para entender los hechos?.
Tal vez si empezamos a respetarla a ella terminemos por respetar a todos, incluso a nosotros mismos. Y a ser conscientes de lo que estamos compartiendo y lo que en realidad nos gustaría compartir.
