Nonoso corrosivo
Juan Antonio Palacios Escobar
Nonoso había encontrado trabajo, una ocupación bien pagada con arreglo a sus aspiraciones profesionales y dinerarias. Los adversarios políticos se lo habían procurado para anular su acidez y ponerle precio a su falsa dignidad y con los emolumentos a percibir lo habían comprado. A partir de ese momento ya podría volver a comportarse como lo que había sido siempre, un meapilas de derechas de toda la vida.
El tiempo pone a cada cual en su sitio, nos permite respirar tranquilo como el que se ha quitado un gran peso de encima, y acaba dándonos la razón a los que decimos que hay que andar con cuidado con los judeoconversos que van dando lecciones de ser más de izquierdas o de derechas que nadie, según les convenga.
Era corrosivo con todo lo que le rodeaba, y solía montar trampas y telas de araña que le hicieran creer al otro que todo era por su bien. Su actitud era grotesca y deshumanizada y aunque aparentemente se mostraban obedientes a quienes les pagaban solo tenía un Dios y una prioridad, su propio interés.
A pesar de creerse más listo que nadie, sus ideas negativas solo le servían para ponerse barreras y en el pecado de su envidia llevaba su penitencia. Entre el mamporreo y el navajeo se pasaba las horas y las jornadas, apuntando con su lengua a los demás y culpándoles de todas sus carencias, sin entender que entre el amagar y no dar, el ganar y el perder, está el vivir y el disfrutar.
Nadie se fiaba de él, pero todos le temían porque con su amoralidad y sus permanentes ataques de maldad, todos se convertían en sus dianas, incluso sus frecuentes cabreos dejaban sus huellas en el rostro de Nonoso en forma de arrugas y acababa en su rabia somatizándolo todo, sus pocas alegrías y sus muchas irritaciones.
La desesperanza y el fatalismo eran las premisas de su filosofía de vida. Denostado por unos y odiado por el resto, vivía peligrosamente y era un doctor en engaños y manipulaciones, envuelto en una política de excesos y siguiendo la metodología de los tramposos.
Corrosivo se movía con maestría entre suposiciones y fantasmadas, sueños y ensueños, horteradas y elegancias, intentado controlar sus impulsos ya que era consciente que con sus arrebatos echaba a perder toda la labor de mucho tiempo.
Solía vender humo, intentando ser original sobre cosas que no existían y era harto difícil que se concretaran, y lo que parecía una realidad solo era un mal truco y una deficiente prestidigitación. Es más cuando predicaba sobre todas las cosas que había que cambiar, jamás nadie le oía propuestas concretas, sino que eran fuegos de artificio y pólvora mojada.
Como maestro de darle la vuelta a la tortilla, fuera la que fuera, casi siempre guardaba un as bajo la manga e intentaba sorprender al más escéptico, utilizando su arma más peligrosa y corrosiva, su verbo, con el que producía inestabilidades y cataclismos, espolvoreaba mierda en todas las direcciones y mancillaba con frenesí la honra y el buen nombre de quienes se cruzarán en su camino.
Su vida no era una parodia sino una tragedia de quien iba sembrando el mal, pero confiemos en lo que decía Víctor Hugo, que “los malvados tienen una felicidad negra”.