Nada de nada

Juan Antonio Palacios Escobar

Esta semana queridos lectores de TELEPRENSA.ES, he decidido pasar del análisis político del ensayo filosófico y contarles una historia, que bien podía ser un cuento, pero que es tan real como diríamos en caló con compás de solea, como las duquelas que estamos pasando con las medidas del gobierno del PP. Ven la cabra tira al monte y ya iba a empezar a meterme con el gobierno

Podría comenzar con aquello de Érase una vez…, pero les he dicho que este relato era la pura verdad de lo ocurrido a una amiga mía, escritora por más señas y que siempre estaba en busca de las musas. Así que sin más preámbulos, voy a coger el toro por los cuernos y a hacerles este regalo en una jornada tan mágica como el de hoy.

Era terrible no saber nada de nada y experimentar muchas cosas que no podría explicar. Así se sentía Ursula Difusa, que sin embargo sabía que podía transmitir sus sentimientos y emociones con tan solo una mirada. En su afán diario quería movilizar todas las conciencias para que fueran solidarias y lucharan contra las desigualdades y la pobreza.

Se percibía como una salvaje en una pendiente sin fin o una obsesiva subiendo una escalera de caracol sin encontrar nunca la azotea. Estaba acostumbrada, entre tanto lenguaje encapsulado para los nuevos medios tecnológicos y las redes sociales a ser más virtual que real.

No estaba segura cuando iba a ser su retirada ni cual sería su legado, pero sin considerarse una oportunista se mostraba cautelosa para no meter la pata. Ursula, al igual que casi todo el mundo tenía luces y sombras en su biografía y a sus cincuenta y cuatro años aquel viaje inesperado, tal vez iba a depararle grandes sorpresas.

Entre sus delirios y sus desmesuras, lo había preparado todo minuciosamente para que todo arrancase cuando ella dijera, aunque no sabía muy bien, entre sus visiones y distorsiones, donde quería ir, y se lamentaba de sus escapadas anteriores porque era tan fantástica que cada vez que decidía aterrizar lo hiciera en el aeropuerto de la frustración.

Sin embargo, Ursula, caprichosa e inconstante donde las hubiera, destilaba creatividad por todos sus poros, pero seguía lamentándose y flagelándose por no poder resolver algunos de sus problemas, y no podía ignorar que si continuaba jugando con fuego podía acabar quemándose.

La nada de la nada, le impulsaba en muchas ocasiones a vivir al estilo compadre, aunque pretendiera a veces ser interesante, divertida y osada. Entre la sordera selectiva dominante y el tancredismo, envuelta en enredos y travesuras, prefería en lugar de estar en tierra de nadie, comprometerse con lo que creía, superando la injusticia y rompiendo las reglas del juego.

Reconocía que no sabía gestionar su tiempo lo que le hacía sentirse desbordada por los acontecimientos, mostrándose como maestra del atrevimiento y convencerse que nada era tan grave ni tan urgente para hacerle confundir la comodidad con la desidia.

Ursula se había propuesta fomentar la complicidad, y defendía con firmeza su criterio y hacia valer su opinión sin necesidad de estar permanentemente justificándose ante los otros. Había aprendido desde la sabiduría de la experiencia que no se puede tener todo en la vida pero que había muchos motivos para alegrarnos.

Aunque el mundo no estaba contra ella, a veces lo parecía y deseaba buscar un momento de calma entre tanta prisa y tanto estrés, entre tanta confusión emocional creyendo ver lo que no existía. Esperaba y deseaba que en algún nuevo amanecer se produjera alguna noticia agradable que le compensara de tantos malos ratos vividos.

Pero nunca era el momento de atreverse a ser protagonista de aquella aventura, jamás encontraba la ocasión para abandonarse a la solicitud de sus sentidos. Entre aquel alboroto repleto de los más desconocidos ruidos, la voz que le dictaba sus sueños sonaba más clara, templada y sugerente que nunca aunque no dijera nada de nada.

Buscando razones para el optimismo y echándole mucha paciencia, encontraba que las pautas para pasarlo bien y descubrir lo que de bueno tiene lo que nos rodea estaba dentro de nosotros mismos y que en el episodio final de aquella novela que había comenzado a escribir hace muchos años, no quería alimentar las ascuas de aquel fuego que nunca se apagaba con más criticas, confusiones y desordenes.

Las últimas páginas de lo que era más que la nada de la nada, en esta cuesta de enero y en plenas rebajas, quería escribirlas con amor y poner en el horizonte las palabras ilusión y esperanza.