Juan Antonio Palacios Escobar
Se había dejado llevar hacia un paraíso ideal, escuchando solamente la voz que le repetía constantemente lo que quería oír, sus cualidades y excelencias. Ignoraba que esa complacencia sería un arma letal para terminar con sus escasas ideas y su mucho poder.
Hay muchas cosas que no le cuadraban pero que reforzaban su soberbia sin limites, esa posibilidad de estar en todos sitios y en ninguno, una especie de omnipresencia inútil que intentaba suplir sembrando de fotos sus ausencias y de problemas sus presencias.
No resolvía nada, no quería que le plantearan conflictos para solucionar. El no estaba para eso, sino para que todo el mundo estuviera a su servicio y se sacrificara por él. Dicen los estudiosos de la personalidad humana desde la psicología, la sociología y la antropología que somos el resultado de lo que vivimos en el presente, lo que quisiéramos ser y como nos ve la gente.
Nuestro Metodio era un gran egoísta, enfermo de sí mismo, deseaba ser y demostrar en todo momento que era el que más mandaba y la gente lo veía como alguien insufrible y de difícil trato. Unos días, según soplaran unos u otros vientos, te quería con locura y al siguiente pasabas a engrosar la nómina de los enemigos.
Ese gran valor del flamenco actual que es Arcángel dice que en este arte tan genuinamente nuestro “hay que estudiar despacio, escuchar con atención y que suene a flamenco”. Y yo como aficionado al mismo y amante de la política, sostengo que quienes aspiren a representarnos deben ir paso a paso, estar siempre con los ciudadanos como uno más y que su voz, sus gestos y sus actuaciones tengan el tono, el timbre y el sello de lo auténtico.
El pueblo descubre, más tarde o temprano, la creciente distancia que existe en algunos entre el discurso repleto de adjetivos, de los gestos soportados en abrazos, de los actos pendientes de los votos y no de mejorar la realidad.
Metodio se estaba descubriendo cada minuto, y con los datos en la mano y la verdad de sus hechos, demostraba que era un mentiroso, que solo le importaban sus intereses, para cuyo cumplimiento estaba dispuesto a ofrecer la cabeza de cualquiera de sus colaboradores, a los que maltrataba psicológicamente.
Su historia era pura propaganda, ya que donde se pregonaban claridades y transparencias, solo había oscuridades y secretos. Sus manías de grandeza ocultaban una personalidad acomplejada, que constantemente necesitaba mirarse al espejo y decirse simulando a la madrastra de Blancanieves, “espejito, espejito ¿quién es el más poderoso del lugar? Y se repetía una y otra vez, “aquí mando yo”
Nadie, salvo aquel humilde articulista, se atrevía a llevarle la contraria. Todos le obedecían, aunque quisieran que se marchara y el milagro que algún día cambiara parecía una misión imposible. Entre previsiones y perversiones, era un líder sin proyecto, que no despertaba confianza ni sembraba el camino de esperanzas.
Debía poner límites a sus delirios de grandeza, que le hacían estar casi siempre fuera de la realidad, dando la impresión que se despertaba al dormirse o se dormía al despertarse. No podía dejar que la bola siguiera creciendo, tenía que poner fin a aquella locura, y estaba dispuesto a comenzar una nueva vida en la que borrara los malos tragos que había hecho pasar a los demás, y se dispusiera a arrancar sonrisas a todo con el que se cruzara. En el fondo, como todo mortal, encerraba una buena persona.
