Juan Antonio Palacios Escobar
El tren circulaba pausada, monótona y lentamente por una vía en obras, que a pesar de encontrarnos en la era de la tecnología de cambios rápidos, innovaciones al minuto y modas que en poco tiempo envejecen y se quedan desfasadas, daba la sensación que estuviéramos en otras épocas pretéritas.
Mientras a través de los ventanales del vagón, queridos lectores de TELEPRENSA.ES, ante los ojos de los viajeros discurría un paisaje que era como una postal , una maravillosa estampa, repleta de todo tipo de verdes, ocres y grises , en el que destacaba de cuando en cuando algún grupo de domingueros empeñados en ganarle la partida a la montaña, recorriendo senderos o los más cómodos desplazándose en sus bólidos a la búsqueda de la venta perdida, para comer a precio de oro y eso sí , pretendiendo calmar la hipoglucemia a la misma hora .
Quizás eran momentos para reflexionar, como es posible que nos apresuremos en pagar demasiado por lo que no vale la pena, que huyamos para no encontrarnos con nosotros mismos y que nos embriaguemos con un ocio y un descanso que nos conduce a la tensión y el agotamiento.
En ese constante movernos sin saber muy bien por qué, ni hacia dónde, hay quienes pretenden estar aquí y allí a la vez, en tanto en cuanto en una hiperactividad frenética deambulan perdidos de acá para allá, sin lograr averiguar donde se encuentran.
Sus cabezas llenas de consignas fraguadas, a base de imitar y obedecer. Sus palabras embadurnadas en almíbar de un lenguaje petulante o untadas en la hiel del amargor y la frustración, parecen lo que no son y son lo que no parecen.
Tras su aparente seguridad y fortaleza, sufren el vértigo de sentirse inundados por la desilusión que intenta esconderse en el primer refugio del camino, sin percibir que sólo les bastaría mirarse al espejo, para averiguar donde está la mejor ayuda, que creen pueden encontrar fuera.
Al borde de las lágrimas, brincan de alegría, arropados en sus costumbres entre la audacia y el descaro, sin tan siquiera preguntarse, cuál es su papel y si al final dejarán alguna huella por la que otros puedan caminar, o bien su existencia sólo ha sido un catálogo de secuencias, predecibles y aburridas, que terminan en el cajón del olvido o archivadas verticalmente en la papelera.
Pero cada pellizco del presente, del que somos dueños a medías, siempre es caprichoso, y la cabezada, envuelta en un estado de duermevelas o semiinconsciencia había terminado en un respingo y un suspiro, a la que había puesto final, una voz metálica e impersonal que por los altavoces nos anunciaba que estábamos llegando nuestro destino.
Entre el desperezar y el estirar, nos incorporábamos lentamente a la realidad de la conciencia, sin tener todavía muy claro si lo que nos había pasado era sueño o vivencia. Lo que parecía seguro es que pronto, pisaríamos tierra firme, para continuar entre vaivenes, un nuevo capítulo de nuestra historia.
Debíamos disponer de nuevo, nuestro ánimo, para reemprender el camino en este u otro tren, con velocidades, carriles y estaciones llenas de rutinas y sorpresas, entre lo increíble y lo alucinante, bulos y certezas, concreciones y fantasías
Seguiremos escudriñando, abriremos nuestras ventanas, y quizás consigamos ver, entre lo desconocido por conocer, en un mundo que nunca sabemos cuando el menos es más, como en demasiadas ocasiones entre pasos firmes y trompicones, el más nos parezca menos.
