Juan Antonio Palacios Escobar
Maximiliano hacia un tiempo que se mostraba más frio de lo habitual. Sabía que era algo que podía resolver con relativa facilidad. Era consciente de que podía ser un buen momento para abrirse a los demás. Aunque las circunstancias eran las mismas, su estado emocional era muy positivo y estaba seguro que le iba ayudar a sentirse mejor.
Sus dotes sociales habían alcanzado cotas insospechadas. Su experiencia le había enseñado a superar la mitología del dinero y a relativizar las cárceles y las jaulas de oro. Entre lo posible y lo improbable tenía que confiar que las cosas iban a ir encajando como se merecía. Se sentía pletórico y ese optimismo le beneficiaba mentalmente.
Tenía que aprovechar la ocasión para confiar algo que llevaba dentro. Si se desahogaba se sentiría más a gusto y dejaría fluir todo lo que le agobiaba y que en algunos momentos le provocaba ansiedad. Debía decidir, qué quería conseguir y para qué.
Entre los buenos y los malos tiempos, las homogeneidades y heterogeneidades, las precisiones y exactitudes, los ignorantes y presuntuosos, las dulzuras y las amarguras, siempre había procurado mantener la cabeza en su sitio y una actitud equilibrada.
Sabía que la única certeza de nuestras vidas es la muerte pero que cada momento vivimos una historia de la que no sabemos cómo transcurrirá ni cuál será el desenlace, qué no tenía que preocuparse por aquello que ya pasó, ni ser empecinado y obstinado en producir cambios en el presente, que lo realmente importante era lo que hiciera a partir de ahora.
En su afán de vivir la vida, a veces se la bebía a grandes tragos en lugar de saborearla en pequeños sorbos. Maceta, no era muy amante de las liturgias y ceremonias, sobre todo de aquellas que se sustentaban en pamplinas y chuminadas, y prefería filtrar la información que le llegaba y ahondar en el conocimiento.
Le gustaba ponerle límites a aquellos que no saben perder, a los que todo el tiempo se lo pasan reprochando en lugar de agradeciendo, a los que intentan engatusarnos con tretas y artimañas, a los que se instalan en las euforias y no dejan de provocarnos sobresaltos, a los que jamás dan la cara y dejan en la cuneta a los demás.
Tampoco hacia buenas migas con los fantasmas que creen saberlo todo y solo dicen obviedades, ni con quienes van dando consejos que nadie les han pedido, o con aquellos que quieren que decidamos por ellos y nunca asumen responsabilidades por nada, o los que están siempre en el limbo de la inacción y nunca saben que hacer por temor a equivocarse o el qué dirán.
Era amante de descubrir nuevas ideas y mundos en los libros, porque sabía que si leía poco sería como muchos, mientras si leía mucho sería como pocos. En el fondo de su mente y de su corazón tenía el ánimo preparado para descubrir un paraíso en cualquier momento o lugar.
A lo largo del tiempo se había fabricado su suerte. Tal vez porque dentro de su sensatez había sabido ser atrevido y valiente. Se disponía a emprender una nueva etapa de su vida, sin lastres ni condicionantes, sin ser mercancía en el zoco de los valores y principios y manteniendo la coherencia de ser y actuar de acuerdo consigo mismo.
Frente al egoísmo dominante , gozaba y se divertía siendo generoso, compartiendo con los demás lo que tenía, lo que pensaba y lo que sentía y no perdía ni un solo minuto de paz y armonía en batallas inútiles que solo conducen al desánimo y la frustración.
