Marcial Vázquez
Una de las mayores cursiladas de Mariano Rajoy, cuya carrera es larga en años y cursiladas, fue aquella “niña” que se inventó en su debate televisado con Zapatero. Algo que ni siquiera era original porque ya fue Aznar en 1996 quien habló de la niña del PP: se llamaría Esperanza Victoria, excepto si ganaba IU, que se llamaría Milagros; o si ganaba el PSOE, que se llamaría Socorro (cito de memoria).
Han tenido que pasar algún tiempo para que, por fin, conozcamos a la famosa niña del PP: Mariana Merkel. Esta es, con permiso y gran disgusto de Leonor, quien en realidad reina en España actualmente. A veces da la sensación de que no tenemos un presidente del Gobierno efectivo, porque Rajoy es lo más parecido a una cacofonía política que se recuerda en España desde Calvo Sotelo; pero esto no impide que a cada minuto en la vida nacional no aparezca la niña para demostrarnos de manera empecinada quien es la que manda y es dueña de nuestro futuro y nuestros sueños: la mamá de la niña. O sea, Ángela Merkel.
Para superar esta crisis hacen falta muchas cosas, pero la primera de ellas es la desaparición institucional de la actual canciller alemana. Desde Adolf Hitler no había existido absolutamente nadie que hubiese hecho tanto daño a Europa, con la diferencia de que ahora las guerras en el primer mundo no se libran a través de armas sino a través del Euro. Alemania ha vuelto a invadir Grecia e Italia y casi Portugal, repitiendo así el patrón de la II guerra Mundial. Lo mejor de todo esto es que los alemanes parece que han aprendido de su historia y según todos los sondeos y previsiones en estas próximas legislativas alemanas van a echar a Merkel del Gobierno. En parte les envidio: aquí en España vamos a colocar al ayatolá del centrismo en la única cadena de mando que conserva el Partido Socialista. Nos va la marcha, qué duda cabe.
Pero la ceguera de un país o la resignación de una sociedad no debe servir como excusa para no luchar no ya por una ideología o un partido en concreto, sino por unos derechos que nos están siendo arrebatados de manera implacable por el Partido Popular. Rajoy ha conseguido en 50 días hacer moderados y hasta con un toque de progresismo los 8 años de José María Aznar, y creo que con esto se dice todo. Yo diría que aún la sociedad española no es consciente del alcance real de la reforma laboral que ha ejecutado el Gobierno popular, porque nada se aproxima más a la práctica real que el verbo ejecutar: la actual derecha legislativa ha cometido un genocidio del derecho laboral. Jamás en España, desde el siglo XIX, se había encontrado el trabajador tan indefenso ante su derecho constitucional del trabajo. Y es que ya el trabajo deja de ser un derecho para pasar a ser un deber del que lo tenga, porque un deber es aquella figura legal que impone más condiciones e instrumentos coercitivos que beneficios materiales y protección social.
Algunos dirán que con el actual panorama no les importa rebajarse en sus pretensiones de seguridad jurídica laboral, creyendo así que arrastrándose por el suelo para ser pisoteados por la patronal van a conseguir llegar a fin de mes, cuando es totalmente falso. La actual reforma laboral no solamente no va a crear empleo de calidad, sino que apenas creará empleo de esclavitud.
Más que nada porque lo esencial para crear trabajo es crear riqueza, y esto en España está muy lejos de conseguirse, entre otras cosas por el estado de depresión al que han sometido y someterán a nuestra economía debido a ese bálsamo de fierabrás o estafa siniestra que supone el déficit de Ángela Merkel, nuestra actual presidenta del gobierno. Ante esto la estulticia nacional es generosa al observar como la derecha mediática y los mediocres derechistas justifican esto del déficit apelando al “despilfarro”. Pero realmente, ¿quién es la derecha para hablar de despilfarro? A menos que consideren que despilfarro es invertir en obra pública, en educación, en ayudas sociales y no en Fórmula 1, espectáculos e insfraestructuras del cuerno que nadie va a ver, y demás componentes del estado del bienestar del PP: circo y toros para que se consuele la plebe en su miseria tanto material como democrática.
Ayer dijo Ángela que la reforma de Rajoy era un ejemplo. Y mientras Sarkozy nos insulta en campaña electoral para intentar conseguir así un puñado de votos. ¿Qué es lo importante? Por supuesto los guiñoles franceses, cuya ofensa a nuestro deporte es motivo de indignación y fervor patriótico. Pero que el presidente y candidato francés diga en sus mítines a voz en grito que si “¿queréis acabar como los españoles?”, es algo que realmente ni nos molesta. Síntoma inequívoco de un país que solamente se siente orgulloso de ser español cuando gana algún deporte mientras en el día a día se resigna a ser ciudadanos y se avergüenza de sus políticos votando a aquellos que el único futuro que nos ofrecen es el regreso al pasado franquista. ¡Qué digo franquista! Ni Franco se atrevió a tanto. Y, además, tampoco se dejó mangonear por Hitler.
