Manuela y mi rincón de la memoria

Ana Mancheño, teleprensa.com Sevilla

Hace unos días salía de una rueda de prensa y al cruzar  la explanada de la catedral de Sevilla, me abordó una de las muchas gitanas que pululan por allí intentando endilgar a los turistas un ramito de romero o, en otros casos, si te ven cara de idiota, leerte la mano para decirte lo feliz que vas a ser. 

Son pocas las veces que suelo pararme a que me den la lata. Pero, no sé por qué, en esta ocasión sí lo hice. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo, Manuela. Y ahí empezó una conversación que me pareció un poco surrealista e hizo que, por momentos, me asombrará cada vez más.

Al inicio  lo primero que le dije era que si a todos los que “adivinaban el porvenir” les iba como me pronosticó una compañera suya- hacia unos años- “estaba arreglá”, recordé como esa vez se empeñó en seguirme y hasta que no aminoré un poco la marcha no me dejó en paz, eso sí me vaticinó que tendría mucha suerte en la vida (al poco me quedé en paro) y un montón de cosas más que, por cierto, ninguna se cumplió. 

Pero volviendo a este momento, cuando me quise dar cuenta Manuela había tomado mi mano y con cara ceremoniosa y mirándome a los ojos, me decía “Eso es porque no te la han leído bien”. Déjamela que yo sí sé cómo hacerlo. Obviamente me negué. Y rápidamente retiré la mano. Porque lo bueno o malo que vaya a suceder en mi vida lo quiero descubrir solita, sin necesidad de anticiparme a ello. Es sin saberlo y ya las veo venir, porque creo para adivinar ciertas cosas no hace falta mucha “buenaventura” más bien “buenas aventuras” que es distinto y te hace más feliz.

Y  volviendo a Manuela, aunque mi intención al detenerme era obtener material para un reportaje, el caso es que cada vez que le preguntaba algo que me interesaba conocer de su día a día, ella respondía con algo relacionado con lo que había pasado en los últimos tiempos en los días míos. Y claro, eso sí que me dejó desconcertada. Porque estaba relatando hechos de mí, que sí habían sucedido, y que sólo conocía yo.  Os aseguro que en las preguntas que le hacía, y que ella accedió a contestar muy risueñamente cuando le dije que era periodista, no había ni la más mínima alusión que pudiese dar pie a deducir algo personal.

Empecé a sentirme un poco incómoda y a sonreír a medias.  Yo que no creo en nada de brujas, meigas y demás conceptos adivinatorios me estaba sorprendiendo por lo que estaba oyendo. No voy a contar lo que, según sus palabras, había vivido en los últimos años porque corresponde a mi parcela privada, pero sí me dijo que “La luz que me alumbraba hacía algún tiempo se estaba apagando y que eso era bueno para mí. Porque yo ya brillaba por mí misma” (Manuela lo expresó de una forma menos poética, pero venía a decir lo mismo).

Quizás penséis que no ando mucho más cuerda que la gitana, que también es posible, pero sí es cierto que del rosario de cosas que dijo respecto a mis temores y sueños no se equivocó en nada.  Aunque, obviamente, no le di la razón y tampoco me salió decir muchas palabras. Lo más que hice fue aceptar el romero, darle unas monedas y seguir mi camino con la seguridad de que, no sé por qué razón, ella había leído cosas en mis ojos o en  mi cara que llevaban mucho tiempo dormidas en un rincón de la memoria,  que no deseaba despertar y al cual la única que accede soy yo. Bueno y ahora también Manuela.