jueves. 04.06.2026

Macedonio Aflorado

Juan Antonio Palacios Escobar

Se pasaba en el humo de sus deseos y exageraba en sus actuaciones. En muchos de sus movimientos, siempre pensando en su propio beneficio resultaba penoso, con su espíritu incierto que no invitaba a la confianza de los demás y el patetismo de alguien que era un obseso en enredar y maquinar enfrentamientos y conflictos.

Macedonio se miraba en un espejo deformado de la realidad, en la que era fácil confundir, humores y sopores, calidad con cantidad, los otros con los mismos, las inercias con las resistencias, las ventajas con las oportunidades, las tranquilidades con los riesgos.

En la verdad del personaje y la falsedad de la persona intentaba aparentar lo que no era. Su verborrea y capacidad de seducción, su voluntad de manipulación, su insensibilidad, su tendencia  a mentir y su falta de sentimientos dibujaban el papel de un psicópata.

Todo esto le hacía una persona con la que resultaba difícil convivir,  y en muchas ocasiones aquellos que tenían la oportunidad de tratarle calificaban de lamentable, terrible y rechazable algunas de sus reacciones. En el planteamiento de sus propósitos, Aflorado intentaba vendernos la parte por el todo en una especie de magia negra que sembraba malestar.

Lo que le rondaba por la cabeza solo él lo sabía y de aparentes e interesadas demostraciones de cariño, era frio y desapasionado en sus afectos. Entre la hipertrofia y el despilfarro que observaba en su entorno, no sentía dudas y vacilaciones a la hora de lanzar sus dardos cargados de maldad hacía quienes podían ser obstáculo en la consecución de sus logros.

Sabía mostrarse distante con aquellos que eran más débiles y dependientes, y despreciaba hasta la exhibición pública a aquellos empecinados hasta la estulticia,  de aquellos especialistas en dislates revestidos de un lenguaje técnico y aparentemente riguroso.

MA utilizaba sin piedad a toda esa corte de inútiles, pelotas, rastreros y bufones con título de asesores que suelen rodear a los poderosos y ponía en evidencia su lenguaje en forma de un diccionario de adjetivos, halagos, alabanzas, lisonjas, elogios, piropos y adulaciones.

Aflorado era consciente del poder paralizante del botafumeiro hacía algunos políticos, proporcionándoles incienso a todas horas e impidiéndoles ver la realidad y tener una idea clara sobre aquellos aspectos que tienen que tomar una decisión.

Había sido capaz de superar el fatalismo absurdo de que las cosas no pueden ser de otra manera, y desde la atalaya de la observación y el realismo, no era presa fácil de la fascinación, la provocación y la incitación, y de las conquistas  fáciles envueltas en trivialidades, estupideces y artificialidades.

Sabía, porque la vida se lo había enseñado, que alguien no envejece cuando se le arruga la piel  sino cuando se le agotan los sueños y la esperanza. Su rigidez le impedía dejar un cierto margen para la improvisación, para cambiar de planos, pero tenía claro que era lo que más le convenía aunque no tuviera voluntad suficiente para hacerlo.

Mostraba su verdadero rostro cuando estaba al borde de la ira y no permitía que nadie le comiera el terreno. Eran momentos en los que en medo de torbellinos desatados, sus reacciones y sentimientos se volvían autodestructivos.

A pesar de que todo apuntaba que iba a tener un destino gris y desdichado, debía dejar paso a lo nuevo y hacer desaparecer cosas que hasta ahora le habían acompañado como su sombra.

Macedonio Aflorado
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