Patxi Arteta, periodista
Si España fuese inteligente y quisiera recuperar el afecto de Catalunya tras apalearla, aceptaría la flexible propuesta de cambio. No hay un modelo confederal único, de manera que algunos tipos existentes en Europa y el mundo pueden ser regresivos respecto de la actual situación. Ni tampoco hay un canon federal válido que pueda servirnos de referencia, de lo que se deriva el despiste de Pedro Sánchez y el PSOE a la hora de articular una propuesta concreta.
Y cuando estamos hablando de estos asuntos, y Euskadi y Catalunya apremian hacia la innovación, toman la palabra los listos de la clase, profesores de Derecho o políticos advertidos, expertos de salón, loros de tertulia, y sueltan el espantajo: “Ningún texto constitucional avala la autodeterminación”, como si lo existente negara la contingencia de lo nuevo o se ignorara que la mayoría de las constituciones tienen sus raíces manchadas de sangre y fueron elaboradas con el detritus generacional y no con la finura de la seda jurídica. Para mayor escarnio, los profetas de la verdad constitucional se jactan de su inmutabilidad señalando que sólo Etiopía y el país caribeño de San Cristóbal y Nieves recogen legalmente en sus textos el principio de la independencia.
Vamos, que es un producto exótico. Si a Catalunya y Euskadi les impiden una solución a la británica o a la canadiense, se verán abocados a hacerlo a lo Kosovo.
No hay precedentes, proclaman con engolado dogmatismo. ¿Y qué? Tampoco existía el voto femenino, ni el matrimonio gay, ni divorcio, ni el derecho a la huelga, ni la cláusula de conciencia y ni siquiera se reconocía el derecho a la vida. Y ahí están. Lo que no existe se inventa, porque solo su imaginación ya determina que puede realizarse. Esta es la razón de la innovación y de todos los procesos de mejora ética y productiva. Lo que no existe se crea, maldita sea, a voluntad e impulso de una mayoría suficiente. Y más que un argumento para seguir estancados es una provocación para que un país se reinvente más allá de la molicie de sus gobernantes.
¿Qué impide a una Constitución recoger el derecho a la separación pactada de una parte del territorio del Estado? Nada, ni la inmanencia (la inmanencia es el ente intrínseco de un cuerpo. En filosofía se califica a toda aquella actividad como inmanente a un ser cuando la acción perdura en su interior, cuando tiene su fin dentro del mismo ser. Se opone por lo tanto a trascendencia), a la que se apela como razón sagrada, lo preexistente, la nación previa. No hay verdad histórica que perdure sino en los mitos. La historia es una escombrera para argumentar una cosa y la contraria. No hay panaceas, ciertamente; pero sí buenas salidas para problemas cuya causa está más en el atraso de una sociedad acomodada en el pastoreo.
