Lo oculto del concepto “empresa”

Juan Galera, filósofo

“Ente”, según el Diccionario, se define como “algo que es, que está, que existe”; por ejemplo una paloma; o un árbol, o yo mismo, o una empresa. Pero es, en esa distinción primera, donde cualquiera que “aplique un poco la lupa”, ve que si el ENTE es algo que ES, ente y ser no tratan de lo mismo. 

El ser está sin duda en el ente; pero es como si se escondiera en el ente. Es decir; nosotros solo vemos el ente “paloma” o “persona”, pero eso del ser nos cuesta aislarlo. Es como si el ser jugara a ocultarse y desocultarse a través del ente. Por ejemplo: el ser de la rosa ha sido previamente el  ser del capullo y de la yema. Pero la yema, el capullo y la rosa son tres entes que vemos distintos. 

Así, la idea “empresa” ha sido un ente, cuyo ser, desde la lógica histórica de la crisis –nada menos que en el Tercer Milenio- nunca más será  como ha sido. De hecho, algunos sabemos que la elasticidad que el tiempo dio de sí, desde el origen de la empresa en la Revolución Industrial Inglesa (siglo XVII) ha sido tan excesiva, que hoy se puede decir obsoleta (¡ojo! con la acción del emprender, no vaya a caerse en el difícil lastre de la analogía; y ¡ojo! con las nostalgias del pasado, o las “segundas partes, que nunca fueron…”. Y creo que el mejor formato para abarcar nuestro propósito, que no es otro que elucidar el actual “deber ser” de la empresa, hay que plantearlo abiertamente. Veámoslo.

¿El origen histórico de empresa es parecido a su sentido poco antes del comienzo de la crisis? Para responder a esta cuestión, debemos regresar a la esencia del concepto empresa en origen, que no fue otro que la suma de fuerzas físicas, intelectuales y capitalistas, a fin de producir lo que se necesitaba, con mayor celeridad y calidad.

Pero, pasados los siglos, en ese ulterior momento crítico ¿se producía ya por unos, lo que se necesitaba por los otros? La respuesta nos hace penetrar en un nuevo vocablo como es el de mercado, siendo su sustancia, precisamente la cesión de lo que se necesita por quien no lo necesita y necesita otra cosa (moneda, dinero, inversión). Por ello ¿cabe hablar de moneda de cambio sin la exactitud o la verdad de lo que realmente se necesita como manufactura? (el no, sería un desajuste a favor de uno de los dos agentes -el que vende o produce y el que adquiere). Y ¿no es cierto que en la agonía de los últimos momentos del mundo –mal entendido capitalista- no solo se producía lo necesitado, sino que se inducía a un excesivo consumo ausente de calidad y estética, que no se precisaba en su mayor parte? ¿No ha sido esto uno de los canales donde “el salmón, muerto de esfuerzo, se ha ahumado tanto que ha quedado achicharrado”?

 

El trabajo como núcleo humano 

 

Sin duda que la esencia de lo que fue la empresa en su fundamento, en sus albores, ha llegado a constituirse en una sola necesidad para la sociedad, que no es el consumo nocivo, “como de grano se le da a una oca para hipertofriarle el hígado a fin de llegar al fuagrás”. La necesidad única ha sido el mal llamado trabajo, o sea, el sueldo. Y por la parte del empresario, la hipertrofia del capital. ¿Dónde han quedado, el beneficio por el plus de celeridad, calidad y estética que se requería por quién pagaba el precio del producto? No existen como pilares de la empresa. 

Pero más grave ha sido el cambio de salud psíquica en el trabajo. ¿No debe definirse siempre el trabajo, como la transformación de la realidad, alcanzando  un complemento de calidad y estética? Si así es ¿podemos decir que el hombre siempre es el ser del trabajo; incluso cuando decide de qué situarse en lecho para descansar más que la noche anterior? ¿Estamos, entonces, legitimados para decir que el humano es el único ser del trabajo, en tanto, los demás seres, reiteran, y solo lo hacen para sobrevivir? ¿Sería, entonces corolario de todo esto, la afirmación metafísica que sostiene que: no es que el hombre trabaje, sino que el hombre es solo, y nada menos que, trabajo? Lo contrario es enfermedad hacia el cadáver, el ser que ya no se mueve (Aristóteles: la vida es el movimiento, interior o exterior). No; el hombre no trabaja. Afortunadamente el trabajo, o transformación del mundo que nos rodea, ha elegido al “vehículo” humano en exclusiva. 

 

La deconstrucción

 

Si ya sabemos que lo laboral es transformar lo que había, con un cambio óptimo ¿se podría discutir que la idea “trabajo” no apunta directamente a la cosa acabada, a la obra, y a su consecuente satisfacción en en la obr-e-r-a  o  el obr-ero? 

Es en la empresa amenazada de vetustez, que estos factores imprescindibles del proyecto mercantil, llegan a ser irrelevantes. El trabajador comienza entonces su vida después de la alarma de salida. Trabajador pasa a sentir lo femenino, sin conocer el ser que estaba creándose entre todos los compañeros, sucesivamente, parte a parte, sin alcanzar a imaginar si el producto final era en algo propio de aquél aborto que suponía su participación en “las cadenas del trabajo o de la producción”. El trabajador no miraba en su espejo laboral para saber de su infinito potencial creador, en el lugar donde, realmente,  debía realizarse como ser que vivía; y no solo después del pitido.

 

Reconstrucción

 

La “explosión” que destruyó en partes las que antes formaban un todo mayor que lo dicho: (la empresa como algo más que la suma de sus partes), solo puede impedirse ahora, una vez observado esta deconstrucción que hemos realizado del concepto, mediante el puente de la actualización entre la revolución inglesa y hoy; el puente reformado en el lugar de explosión de la mal llamada empresa. 

El obr-ero o creador, debe saber ya que en el trabajo es donde tiene su vida, y su vida, no es conjunto de compartimentos estancos, tal como su trabajo es constante, fuera o dentro de la industria. Su vida es creación y recreación (laboral); ahí donde se contempla como el ser transformador infinito (subiendo a la Luna, o creando dos corderos idénticos…). 

Pero ¿no es cierto que cada individuo, ha nacido con una habilidad o capacidad intelectual, única; un don o una gracia -de exclusividad- para realizar algo inmediatamente, que otro sería capaz de hacerlo en decenas de tiempo multiplicado? ¿Y no es verdad que definíamos el origen del concepto mercantil, como la celeridad hacia la calidad y estética precisadas por el mercado real? ¿Alguien podría dudar que estas tres cualidades son posibles a un tiempo, únicamente por quien lleva intrínseco aquella habilidad o capacidad exclusiva? Pero ¿es compatible la originaria idea de empresa, con la Administración de esas calidades y estéticas en menos tiempo, sin cortapisa alguna en cuanto a la heterogeneidad de los llamados trabajadores y sus productos diversos, bajo la coordinación administrativa? Es compatible, porque lo que no prohíbe la idea, permite. Además ¿es la actualización de aquello, tal como enseña la crisis, el aprovechamiento de la genialidad de cada ser humano y su toma de consciencia de ese poder único? No puede ser negado de golpe, por quien ha leído lo dicho  hasta aquí.

Por la parte del mercado, se precisa lo que se necesita pero a mayor precio, por la mayor calidad y estética. Menos consumo, más caro; ergo, mayor salario (merecido, por ende, en su realización existencial que, por vez primera ya le advierte al obrero algo que no hubiera ni sospechado en toda la vida de cotización).

Por ahora, a manera de ecuación, solo podemos avanzar –a modo de objeto a investigar- contemplando que: ninguna de las anteriores premisas impide un proyecto de enriquecimiento inusitado, y a diferentes valores; tal como la administración de seres que, cada día “dan a luz aquello que solo ellos concibieron dentro de sí”. Solo con la ayuda de la partera (Sócrates: mayéutica); partera, comadrona, o administradora de las diferentes formas de parir un ser único. O sea –y perdón por el ahora efecto prosaico-: lo contrario a una Cooperativa de Trabajo Asociado.

Juan Galera, filósofo.