Levantando murallas, derribando esperanzas

Ana Mancheño, teleprensa.com Sevilla

Estas últimas semanas, viendo imágenes en  los informativos, viendo como miles de personas intentan cruzar una alambrada o colarse en trenes para pasar un túnel, o embarcarse en lanchas que terminan a la deriva con cientos de seres para traspasar esa frontera y llegar a  una Europa que no les va a recibir, precisamente, con los brazos abiertos- bueno ni cerrados-, me he preguntado ¿Los que estamos en esta parte del continente, somos conscientes de la magnitud de estos dramas humanitarios. De este éxodo de miles de seres? o ¿Estamos tan inmunizados que ya nada nos compunge?

 Esta Europa que está empezando a levantar muros para que estos desahuciados no puedan pasar, para que se queden al otro lado.  Al otro lado de la desesperanza, de los sueños sin empezar, de la desilusión en la mirada, en especial conmueve la de los niños. Niños sin futuro, sin hogar y sin patria. Que caminan sin entender la sinrazón de la más injusta  injusticia.

Asistimos impasibles a la desolación de pueblos enteros, a los que parece que nada les podemos aportar, ni hacer. Pero no es así, ya que nos movilizamos por otras causas menos importantes, ¿por qué no hacerlo por ésta? ¿Tenemos miedo?, miedo a que nos invadan gente que lo han perdido todo, que lo único que les queda es seguir para conseguir tener el futuro que en sus países les han arrebatado.

En cambio no nos causa ninguna desolación que nos invadan multinacionales, mercados que imponen sus reglas a diestro y siniestro y nos dirigen a su antojo. Deciden por nosotros, piensan por nosotros, y nosotros, pobres ilusos, pensamos, que tenemos albedrío.

Pero claro! De esto ni nos enteramos. Porque es tan sutil, tan tenue que nos convencen, o no hace falta- ya lo hacemos solos- de que somos libres, y que estamos en esa parte del planeta que no está en guerra, ni tiene dramas tan patentes como los de esas otras partes, pero que si observas y analizas en la mirada de muchos no ves alegría sólo necesidades creadas por otros, en este otro mundo.

Mientas tanto la preocupación de muchos, en estos días, es la vuelta a la rutina, al trabajo, al final de las vacaciones, al comienzo de los colegios… Pero lo es aún más que dejemos que se levanten murallas para que no entren quien pueda perturbar nuestra estabilidad. Y los responsables de organismos mundiales, de potencias económicas poderosas permanezcan inmóviles. Bueno inmóviles no! Haciendo cuotas para repartirse a estas personas. Inmigrantes que de no ser perseguidos  y rodeados de miseria, no se lanzarían a cruzar fronteras con cuchillas afiladas para luego vagar por los caminos en busca de un país que… En vez derribar murallas, las aumentan, disminuyendo  sus esperanzas.

“Una cosa es el exilio y otra el éxodo. En el exilio lo ponen a uno de patitas en la frontera y el expulsado se va con su nostalgia a cuesta en busca  de otra tierra, otros sabores, otra razón de ser. En el éxodo en cambio, es uno el que se arranca, el que quiere ser otro. Sin embrago, exilio y éxodo tienen algo en común: el alrededor, al principio ilegible, que de a poco se aprende…” (M. Benedetti)