Leocadio Lisonjero
Juan Antonio Palacios Escobar
No era un halagador al uso, ni un cobista sin solución. Tampoco un zalamero que intentaba engatusar con sus chistes, gracietas y chascarrillos, sino alguien que sabía seducir con su verbo, y con sus palabras nos invitaba a viajar e imaginar otros mundos y otras gentes.
Con frecuencia quedaba con sus amigos en una céntrica cafetería para dar un repaso a la actualidad de su ciudad, pero a decir verdad cada vez que Leocadio tomaba la palabra hipnotizaba al grupo y los envolvía en una fantástica atmósfera en la que nadie era capaz de abrir la boca.
Tenía un estilo inconfundible, pero no era solo lo que decía sino como lo decía, con esa seguridad y calidez, a la vez que sin hacer alardes dejaba de manifiesto su prodigiosa memoria, su desbordante imaginación, su exquisita sensibilidad y su capacidad de iniciativa a la hora de exponer cualquier cosa por nimia o importante que fuera.
Además Lisonjero, era capaz de transmitir credibilidad porque la gente lo suponía honrado y coherente en sus convicciones, tenía un discurso preciso de ser capaz de pronunciar la palabra adecuada en el momento oportuno, por lo que la relación entre su pensar y su actuar era como la interpretación de la mejor de las sinfonías por la más prestigiosa de las orquestas, un placer de dioses.
Quizás lo que más llamaba la atención era su forma natural de hablar, estuviera donde estuviera y tuviera el público que tuviera, era un maestro de la naturalidad, la espontaneidad y la improvisación. , pero a la vez siempre llevaba el trabajo preparado y sabía de antemano los temas que iban a tratar en cada situación.
L.L cada vez que se veía obligado a dirigir la palabra a los demás, se preparaba concienzudamente lo que tenía que decir , se informaba con exactitud a quienes tenía que hablar y donde tenía que hacerlo y no era por la obsesión perfeccionista de controlarlo todo, sino por el deseo y el propósito con él mismo de comunicar adecuadamente.
Intentaba convencer a los demás, persuadirles, enseñarles generosamente lo que él había aprendido y si era necesario conmoverles, provocando con sus palabras sentimientos, pasiones y emociones en los demás para cautivarlos.
Con ese seductor que llevaba dentro intentaba transmitir la magia de crear belleza con la palabra, informándoles y despertando su curiosidad, influenciándoles y moviendo su voluntad y distrayéndoles y llevando su atención hacia donde le parecía más oportuno.
Nuestro Leocadio, se manejaba con la palabra como pez en el agua, sabiendo en todo escenario como comenzar, como terminar y sobre todo decir lo justo y necesario para convencernos, administrando el tiempo como nadie y sabiendo combinar los gestos de su cuerpo, con la tonalidad y la fuerza de su voz.
Sabía moverse lo justo, sin nerviosismos ni aspavientos, con una pronunciación clara que todo el mundo entendía, con una sencillez que transmitía cercanía, sin perder el contacto con aquellos que le oían y transmitiendo confianza y credibilidad.
En realidad Leocadio era un coleccionista de silencios y ruidos, de palabras solas y compartidas que combinaba en la superficie de su cuerpo e introducía en las profundidades de su alma, elaborando entregas y renuncias, discursos y versos por escribir y pronunciar.