Le Pen o Macrón, susto o muerte
Francisco Sánchez Criado
Si yo fuera francés, el próximo 7 de mayo, ante la triste disyuntiva que ofrecen las urnas en la segunda vuelta, me quedaría en casa. Pero si me obligaran a elegir, bajo amenaza de muerte, entre Le Pen o Macrón, es probable incluso que votara a Le Pen. Esto puede parecer extraño y contradictorio viniendo de alguien que ha militado y milita en el PSOE, aunque inmerso en un proceso obligado de radicalización hacia posturas más extremas. Ya sé que la izquierda francesa y europea pide el voto para Macrón, advirtiéndonos de que Le Pen supone una amenaza para la democracia y las libertades en Francia. Y probablemente lo sea. Pero estoy convencido de que Macrón puede representar un peligro aún mayor.
La desigualdad económica es la principal causa del auge de la extrema derecha que representa Le Pen. Y la desigualdad económica es hija del ultraliberalismo económico que encarna Macrón. Por tanto, tal vez sería más inteligente intentar revertir el masivo empobrecimiento de la población y el deterioro del estado del bienestar, como formas de frenar la deriva hacia la extrema derecha de los votantes.
Es importante distinguir entre el nacionalismo político o ideológico del Frente Nacional y el nacionalismo económico. El nacionalismo político defiende la eliminación de algunos derechos civiles, limitar derechos a los inmigrantes, restringir la libertad religiosa, fomentar cuestiones identitarias, etc… Medidas ciertamente rechazables por cualquier demócrata coherente. Lo que ocurre es que esas medidas que desde partidos moderados, tanto de izquierdas como de derechas, nos presentan como monstruosas, están siendo aplicadas por esos mismos partidos y gobiernos que las critican hipócritamente, con total descaro e impunidad; como si los ciudadanos hubiéramos caído en un estado de cretinismo que nos impidiera detectar las contradicciones entre el discurso políticamente correcto que predican y las medidas de extrema derecha que aplican.
¿Qué tiene que envidiar la Ley Mordaza del PP a la restricción de libertades civiles que propone Le Pen? ¿Qué diferencia hay entre tener miles de inmigrantes detenidos ilegalmente en cárceles camufladas sin garantías penitenciarias, como ocurre con los CIE en España, con las limitaciones de derechos que propone Le Pen? Por no hablar de las vallas de Ceuta y Melilla y las devoluciones en caliente, o la exclusión de los inmigrantes de la sanidad pública. ¿A quién le vamos a dar lecciones? ¿De qué? ¿Con que cara se atreven a criticar a Le Pen los gobiernos y partidos que están permitiendo el drama de los refugiados a las puertas de Europa, saltándose ilegalmente todos los protocolos existentes en la materia? Frente al drama de los refugiados, las posiciones de Syriza y Le Pen son idénticas, las posiciones de socialdemócratas y conservadores son las mismas… Toda Europa, sin excepción, está cometiendo crímenes de lesa humanidad en materia de refugiados e inmigración, y luego finge sentirse muy afectada y preocupada por las propuestas de Le Pen en dicha materia. La rebelión ante esa hipocresía de los falsos demócratas es lo que llena de votos las urnas de Le Pen.
Y si nos centramos en el nacionalismo económico que propugna el Frente Nacional, es mucho más comprensible que despierte aún más adhesiones. Los programas económicos no son de izquierdas o de derechas en función de que los defienda un partido progresista o conservador. Lo son en función de los efectos que tienen sobre los ciudadanos. En ese sentido, por poner un ejemplo, el TTIP y el CETA son tratados que solo persiguen, de forma impune y grosera, el beneficio de las multinacionales, con graves perjuicios para la salud y la economía de los ciudadanos. Cuando una persona decente, con un mínimo de criterio, ve que estos tratados son apoyados en la Eurocámara por toda la Europa moderada, incluidos PP, PSOE y Ciudadanos, y que sólo son rechazados por los partidos tildados de extremistas, sean de izquierdas o de derechas, como Podemos, Izquierda Unida o el Frente Nacional, pues a uno no le queda más remedio que simpatizar con los radicales.
En la misma línea, Marien Le Pen promete medidas que amenazan gravemente la hegemonía de los élites financieras y las multinacionales que están haciendo su agosto al abrigo del ultraliberalismo que defiende Macrón, junto con el resto de “demócratas moderados” de Europa. Promete sacar a Francia del euro y volver al franco, recuperar la soberanía monetaría, rearme arancelario y control de mercancías y capitales, financiación pública barata para familias y pymes y el proteccionismo inteligente, mediante el fomento del consumo local y la defensa del campesinado y los pequeños productores franceses. Todas estas medidas, aunque vayan adornadas con la jerga patriótica que caracteriza al lepenismo, benefician, sin duda alguna, a los más débiles de la sociedad francesa.
Decía Einstein que si haces siempre las mismas cosas, obtendrás siempre los mismos resultados. En ese sentido, las medidas austericidas impuestas por la Troika y apoyadas por los europeístas solo están consiguiendo agravar la dura crisis que atravesamos, hundiendo a las capas más desfavorecidas de la población en una espiral de pobreza y sufrimiento. Paralelamente, los bancos y grandes corporaciones aumentan beneficios cada año, agrandándose dramáticamente la brecha entre ricos y pobres.
La ineficacia de dichas medidas ha sido puesta de manifiesto reiteradamente por prestigiosos economistas de todas las corrientes y, a pesar de ello, se persiste tozudamente en el error. Los mismos economistas que sostienen que a una gran parte de países de Europa, sobre todos los del sur, les iría mucho mejor fuera del euro. A pesar de ello, los “demócratas moderados” nos advierten y asustan pretendiendo hacernos creer que eso son aventuras inciertas y peligrosas, y que lo sensato es resignarnos. Ante dicha postura, a uno no le queda más remedio que concluir y reconocer que el poder político en Europa ha claudicado y se ha arrodillado ante los poderes económicos y financieros, traicionando a aquellos a los que dicen servir.
Algo similar se puede argumentar de las barreras arancelarias que defiende Le Pen. Durante décadas, tanto la izquierda como la derecha moderadas, nos han tratado de convencer de que el proteccionismo (subvenciones al campesinado y los pequeños productores, barreras arancelarias, etc.) es algo malo, viejo, caduco; y que un país moderno, abierto al mundo globalizado, tenía que eliminar esas medidas proteccionistas y rendirse al libre mercado y la desregulación. Presuntamente, todo eso iba a propiciar un crecimiento de la economía y un aumento del empleo. Y los ciudadanos, ingenuamente, pensamos que esto debía ser así, y que era por el bien común.
Pero pasan los años y te das cuenta de que todo eso no era más que una estrategia para permitir y facilitar a las grandes corporaciones arrasar y destruir las microeconomías locales y sostenibles, condenando al paro y la pobreza a millones de pequeños agricultores, artesanos, autónomos y pequeñas empresas. A cambio, esas multinacionales, que prácticamente han acaparado todos los sectores productivos y comerciales, y que trabajan con maquinarias y sistemas altamente robotizados, nos ofrecen unos pocos empleos precarios y con sueldos de miseria que apenas dan para subsistir. A la vista de esto, es comprensible que cualquier persona sensata desee que se restablezcan las medidas proteccionistas a los sectores productivos más vulnerables, antes el devastador empuje de las grandes empresas transnacionales.
Y frente a Marine Le Pen tenemos a Emmanuel Macrón, adiestrado en la banca Rothschild, perteneciente a una de las familias más poderosas del planeta y que manejan, desde la sombra, los hilos de la economía mundial. El ex ministro de Hollande pretende ofrecer una imagen de modernidad, pero por mucho que se presente como un líder progresista en lo social, no dejan de ser pinceladas estéticas para intentar captar votos a izquierda y derecha. Porque lo cierto es que sus políticas económicas son las clásicas recetas del ultraliberalismo más feroz; básicamente, reducción del sector público y eliminación de funcionarios, desregulación de mercados, flexibilidad laboral y bajadas de impuestos a las empresas. Todo ello, junto a su apuesta por Europa y su sumisión a las políticas de la Troika, van a seguir empobreciendo a las capas populares y las clases medias, como viene ocurriendo en Francia desde que comenzó la crisis y empezaron a aplicarse las sucesivas reformas y recortes presupuestarios exigidos por la Comisión Europea, iniciadas por el conservador Sarkozy (2007-2012) y continuadas por el socialista Hollande (2012-2017). En cambio, los más ricos nunca vieron crecer sus fortunas de forma tan rápida.
Y cuando a una persona vive sumida en la pobreza y la desesperanza, la prioridad es poder llevar comida cada día a casa e intentar cubrir las necesidades básicas de su familia. En ese contexto, los derechos sociales y las libertades públicas pueden pasar a un segundo plano, e incluso a la irrelevancia. Por esa razón, se puede explicar que tantos franceses, viendo como la codicia de algunos compromete el futuro de todos, le hayan perdido el miedo al experimento que propone Marine Le Pen. Porque lo que les propone Macrón llevan años conociéndolo y padeciéndolo, y ya no les queda nada que perder.