Marcial Vázquez
Hace pocos días hemos conocido la dimisión de la ministra de cultura de Inglaterra por un fraude en gastos de alejamiento que apenas llegaban a los 7 mil euros. Algo que para los ingleses ha supuesto un escándalo y también para los españoles. ¿En qué sentido para nosotros? En que la mayoría no comprendemos cómo es posible que alguien deje su cargo, y más en un ministerio, por algo tan insignificante.
Porque aquí, en España, no solamente siguen políticos que se ha demostrado que han defraudado o hay más que serias sospechas de que han robado lo que han podido, sino que en España tenemos un gobierno que lleva toda su vida financiándose, según su ex tesorero, de manera ilegal y no pasa absolutamente nada.
Cuando comparamos las demás democracias occidentales con España y observamos, algunos, con envidia el funcionamiento de la política en Inglaterra, Alemania o EEUU, sobre todo hacemos hincapié en un aspecto que, para mí, es prioritario para entender el ejercicio político digno en democracia: y es el aspecto moral de la política. Cuando en una democracia los políticos indignos e inmorales consiguen hacer carrera en los partidos, primero, y luego en las instituciones del estado, tenemos un grave problema. Ya sé que está más de moda hablar de los coches oficiales, de la diputaciones, del senado y del 23-F, pero los españoles no hemos querido comprender, o no han alcanzado a explicarnos, la importancia tan vital que tiene en un sistema democrático que la decencia, la moral, la ética y la estética de nuestros políticos sean tan importantes como los resultados de sus políticas.
El problema llega cuando existe un sector muy numeroso, la derecha sociológica que casi siempre coincide con la electoral, que no solamente no juzga los resultados de las políticas sino que perdona o justifica el latrocinio de sus políticos. Es, un poco, como aquel dicho, referente a los americanos y a los dictadores que ponían a lo largo de Latinoamérica, de “será un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”. Aquí, lo mismo. “Será un sinvergüenza, pero es nuestro sinvergüenza, y como roban todos para que robe el de enfrente que se lo lleve el nuestro”. A veces tengo la sensación de que en España no condenamos la corrupción porque, en realidad, la envidiamos, y solamente nos molesta que no hayamos podido ser nosotros los del chalé en Marbella o los viajes gratis a Eurodisney.
Comprendo que nadie puede admitir, porque sí, este concepto amoral de la sociedad que nos rodea, pero las pruebas y sobre todo los hechos apuntan a esto. Porque ayer, el jueves 10 de abril de 2014, el ex tesorero del PP volvió a ratificarse en sede judicial de sus acusaciones y apuntes respecto a la financiación ilegal del PP, resumiéndose todo en el siguiente titular: “Todo el partido popular, de arriba abajo, tenía una caja B, que se usaba en las campañas electorales”.
Una caja B que era generosamente regada por esos empresarios que no son de ningún partido nunca pero siempre le han llenado toda la vida los bolsillos a la derecha para que compitiese, electoralmente, con más ventaja que nadie. Bárcenas ha señalado, directamente, a Cascos, Acebes, Rajoy, Arenas y Cospedal. Todos están dentro del barco judicial del ex tesorero aunque por ahora solo haya naufragado el susodicho. Según la mujer de Bárcenas, “Rajoy y Arenas le habían dicho que estuviese tranquila porque todo seguiría igual”.
Este asunto de financiación ilegal que afecta a todo el PP, desde Santiago a Algeciras, es el que conlleva mayor gravedad en esta legislatura junto a la desastrosa gestión económica de Rajoy. No solamente están llevando a España a cotas de pobreza desconocidas, sino que llevan toda la vida cogiendo dinero de forma fraudulenta, según su ex tesorero. Rajoy mintió cuando fue al parlamento a dar explicaciones el verano pasado y esa mentira no le ha causado ningún tipo de coste político. ¿Por qué? Porque el partido socialista ha pasado de pedir la dimisión de Rajoy por el caso Bárcenas el 14 de julio de 2013, y asegurar que no pactarían nada con Mariano “al estar incapacitado para gobernar España”, a olvidarse de aquella “moción de censura” y confiar la estrategia de oposición al PP a otras variables que son una moneda al aire mientras que la corrupción del partido popular es algo que, según el juez, está más que probada. El KGB fue el brazo armado de la URSS en la guerra fría, y la caja “bé” el fraude continuo del PP en esta democracia.
