La Iglesia nunca va a cambiar
Marcial Vázquez
Si Dios existe o es una invención del hombre será uno de esos debates que acompañará a la humanidad hasta que llegue su fin, si es que llega. Pero que la Iglesia, en cuanto a jerarquía, es un invento del hombre en nombre de Dios, pocos matices admite. Y matices siempre negativos, porque desde el fraude de la cesión de Constantito hasta nuestros días, el Vaticano se ha aprovechado de los más diversos pecados, e incluso en ocasiones delitos, para extender sobre toda la tierra un manto de dominio que en el pasado se basó en el terror y en el presente en la manipulación espiritual con aires totalitarios. De ahí la famosa amenaza de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, la versión con alzacuellos del “que se mueve no sale en la foto”.
El problema de la religión es que se ha convertido en una forma de dominar a los hombres. No se trata de guiarlos en su aspecto espiritual e incluso moral, sino de dictarles cuáles tienen que ser sus sentimientos y cuándo deben renunciar a su felicidad en nombre de Dios. ¿Por qué personajes tan pecadores y tan tóxicos para la libertad humana se permiten el lujo de hablar en nombre de Dios? Yo siempre he pensado que si Dios existiera jamás escogería a portavoces del estilo de Rocuo Varela o el obispo de Alcalá, de cuyo nombre no me quiero acordar. Incluso hay días que llego a pensar si la presencia en la Iglesia de determinados obispos y cardenales no será un plan del maligno para socavar la casa del Señor desde dentro.
Pero dejando a un lado reflexiones teológicas que no me corresponden más allá que como un simple mortal, pecador y apóstata de hecho, estos días ha habido algo de marejadilla en los pasillos del Vaticano por el borrador presentado en el Sínodo de la familia, y que abría las puertas de las sacristías a los homosexuales, divorciados y casados por lo civil. Era, decían algunos, un gesto de apertura que había imprimido este nuevo papa que parece dispuesto a humanizar la Iglesia y hacerle a las sotanas episcopales una especie de exorcismo de esa santa inquisición que siguen llevando dentro. Pues bien, nada más lejos de la realidad. Apenas 24 horas más tarde ya diversos sectores eclesiásticos representados en el cardenal sudafricano Fox y el italiano Filoni han aclarado que esto de aceptar a los gays es algo que está lejos de producirse y que solamente se había planteado como una iniciativa de debate.
Lo realmente curioso fue el lenguaje utilizado por estos cardenales en sus declaraciones, hablando de los gays y de los divorciados como “cuestiones tan problemáticas”. Esto viene a demostrar el lugar donde realmente está la jerarquía actual de la Iglesia: muy alejada de las enseñanzas de Jesucristo. Porque es casi imposible sustraerse a la sensación de que estas sotanas vaticanas están mucho más cerca del Dios implacable y retorcido del Antiguo Testamento que del Cristo piadoso, humilde y desprendido de los Evangelios. Aquí hay una evidente falta de coherencia entre las enseñanzas que dejó Cristo en la tierra y las cadenas reales que intentan ponerle a los hombres los cardenales para tenerlos atados a una cruz, y no precisamente la de nuestra salvación.
Comprendo que existen muchas personas de buen corazón que creen en Dios y se abrazan a la fe católica como una manera de seguir un camino justo y correcto en la vida. He conocido a gente creyente que no está dispuesta a pisar una iglesia mientras no sea necesario. Y tal vez esta sea la vía más recomendable en esta tierra: encomendar nuestro espíritu en las manos del Dios que creamos pero no dejarse pisotear y amargar por aquellos que se aprovechan de la palabra de Dios para dominar a sus semejantes.
Sé que sobre esta última frase ya he escrito varios artículos, pero es necesario insistir. Mientras la Iglesia, como jerarquía, busque ejercer un poder público sobre los hombres, desde la política debe combatirse esa inclinación ilegítima de arrastrar sotanas por caminos que no son los suyos. O, también, tomar como alternativa el celebrar asambleas donde los políticos nos dediquemos a dar opiniones de teología y de interpretaciones de la palabra de Dios.