jueves. 04.06.2026

La casta de Pedro Zerolo

Marcial Vázquez

Pedro Zerolo es mucho más que un activista. Él le da un gran valor a dicha palabra, pero yo voy más allá porque, para mí, Pedro consigue algo mágico cada vez que lo veo: que enseguida me sienta reflejado en él. Porque, en el fondo, esto es lo que buscamos los socialistas: que nos volvamos a sentir identificados los unos con los otros. O, por lo menos, que nos reconozcamos en la mirada de nuestros principales dirigentes.

Claro que en un partido de casi 200 mil militantes es imposible lograr un relato homogéneo y monolítico. Lo importante ya no es solo la democracia a la hora de elegir a nuestros dirigentes sino la libertad efectiva a la hora de poder ejercer la crítica interna. Son dos aspectos de la misma moneda aunque muchos solamente apuesten a una cara de la misma. El problema llega cuando uno acaba forzando la identificación con un candidato, buscando aplaudir aunque sea con la pinza en la nariz como única fórmula de seguir sobreviviendo en un marco de desilusión colectiva silenciado con la farsa de un apoyo incondicional. Siempre he estado en contra del caudillaje en democracia, y siempre estaré en contra del disfraz en una sociedad que necesita más verdad y más valentía política que nunca.

Muchas veces, dentro de los partidos, la gente más joven, y alguna no tanto, busca admirar e imitar a modelos de compañeros que decir no han dicho mucho en su vida, pero llegar sí que han llegado lejos. En cambio yo nunca dejé de creer que era mejor apostar y admirar a aquellos hombres y mujeres que han dejado una huella en la historia, porque  el legado del que podemos sentirnos más orgullosos todos los socialistas es de lo que hemos hecho cuando conseguimos gobernar con valentía, siendo fieles a nuestros principios. Y sobre esto Zerolo lo explicó con una claridad insuperable: “el PSOE es un partido de gobierno, no de poder”.

Siempre que quisimos gobernar honrando a nuestros valores, cambiamos España. Cuando, por el contrario, tomamos el camino de lo que creíamos más rentable para resistir en el poder, lo acabamos perdiendo. Le pasó a Felipe porque su última legislatura fue una pesadilla donde solo nos quedó la opción de atrincherarnos ante el asedio impiadoso del PP y de Pedro J; le pasó a Almunia cuando se empeñó en seguir liderando un partido que le había dicho en las urnas internas que no lo quería; y le volvió a pasar a Zapatero cuando pensó que era mejor aguantar los dictados de Merkel soñando que si aguantaba dos años más podría volver a ganar las próximas elecciones. ¿Qué es lo que queremos ahora, volver a ser un partido de gobierno, o resistir como sea este lustro negro y esperar que de aquí a 6 años los españoles vuelvan como si fuesen hijos pródigos al regazo del Partido Socialista? A veces tengo la sensación de que algunos han olvidado que la socialdemocracia no se juró para resistir sino para transformar.

Diría, incluso, que tenemos el mayor desafío de nuestra historia desde que llegó la democracia: transformar la imagen actual que muchos votantes de izquierdas tienen del socialismo español. Esa imagen que el populista ilustrado de Pablo Iglesias calificó como “casta”. Una acusación que encontró enseguida respuesta en Susana Díaz pero que, tal vez, sería necesario ir más allá para preguntarnos qué es lo que hemos hecho para que muchos millones de españoles vean al PSOE como parte de esa “casta política”.

 

Vuelvo a recoger una frase de Zerolo en la Sexta: en el Partido Socialista hemos perdido últimamente nuestra identidad. Y es verdad, nos hemos desnaturalizado. Por eso nos llaman “casta” y muchos votantes socialistas lo interiorizan como una verdad hiriente, incómoda pero difícil de refutar. Algo en sintonía con la famosa gran coalición con el PP: un grave problema hasta el punto de que los propios militantes socialistas dudaban sobre dicha posibilidad.

Hay que recuperar nuestra identidad, porque cuando nos llaman “casta” no se refieren tanto a de dónde venimos sino, y sobre todo, en lo que nos acabamos convirtiendo. No se puede recuperar el espacio que pierdes sin no vuelves con fuerza a luchar por él. La inercia, actualmente, en España, no nos devolverá a nuestra condición de ser un partido de mayorías. Por eso debemos apoyar a esos compañeros que nos reconcilian con nuestros valores, con nuestras siglas; esos compañeros en los que nos reconocemos enseguida cuando los miramos, cuando escuchamos sus discursos. No habrá un mañana para el socialismo si no empezamos a reconstruirnos y a proyectarnos a los españoles como hicimos en el ayer: con humildad, con ilusión, con trabajo y, sobre todo, con decencia, con mucha decencia. Zerolo dijo que nunca olvidaría el calvario que le había hecho pasar el PP. Y aquí está la clave, que los españoles no olviden todo lo que nos está haciendo pasar esta derecha y que recuerden todo lo que el socialismo, cuando fue socialismo, consiguió hacer por este país. 

La casta de Pedro Zerolo
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