jueves. 04.06.2026

Indefensa solitaria

Juan Antonio Palacios Escobar

Casi siempre estaba rodeada de gente  y hablaba sin parar, de forma espasmódica y compulsiva, como queriendo llenar un gran vacío  y aparentar ser la reina de todas las veladas. Indefensa gozaba de una situación acomodada y había heredado de su marido Ho Chi Minh una cadena de restaurantes chinos en la Capital de la Costa del Sol que regentaban sus hijos Feng, Lin y Chen.

Esto le permitía alquilar el cariño por horas para que los figurantes le regalaran los oídos y le colmaran de halagos  y parabienes. Indefensa vivía al límite de sus posibilidades, ya que a sus 63 años, a los que siempre restaba públicamente cinco o seis, se permitía ciertos excesos que le pasaban facturas entre resacas, jaquecas y colesteroles.

Desde que enviudó, no paraba un momento de aquí para allá, de un lado para otro en una especie de actitud volcánica para calmar la ansiedad. En esta hiperactividad incontenible gustaba de rodearse de gente a las que llamaba amigos, pero solo eran aprovechados y palmeros de su patético espectáculo.

Procuraba colocar barreras entre ella y los demás a modo de defensa y con su afilada lengua intentaba atizar donde más le dolía a los demás. Sus problemas de separaciones, defunciones e hijos le habían pasado factura emocional, aunque mantenía la ventaja de que las de todos los días las seguía pagando ella, lo que le permitía seguir ejerciendo el control.

Sabía que de una u otra manera estaba escribiendo el episodio final  de su vida  y se podía permitir el lujo de llamar a  las cosas por su nombre. Le gustaba vigilar todos los detalles  y en sus relaciones manipulaba y apretaba todos los botones de la fascinación, entre la extravagancia, la horterada y la provocación, colocándose todas las medallas y méritos propios y extraños.

 Había hecho de su experiencia un camino de sustos y sobresaltos, entre problemas, dudas y desconfianzas, llegando a valoraciones imprecisas y a incertidumbres suspicaces, interpretaciones equivocadas y conclusiones erróneas, que una y otra vez eran superadas por su entusiasmo, perspicacia y tenacidad.

Le gustaba romper con viejos hábitos y asumir nuevos riesgos, pero entendía que merecía la pena y prefería aventurarse  a lo desconocido que estar prisionera  y acomodada en lo establecido, para lo que no le importaba maquillar su indefensión tras una máscara de atrevimiento y provocación, en un ataque deslumbrante cuando en la mayoría de las ocasiones resultaba ridícula y delirante.

Entre alegrías y decepciones, pretendía ser como un imán para todo lo que le rodeaba  y tener la voz cantante entre sus mentiras fabricadas, sus fantasías y sus ficciones, presentándose como amable y cautivadora, con remedios para todos los problemas, sin nada que perder  y mucho que ganar y siempre abierta a atrapar nuevas amistades.

 Cuando despertaba de sus sueños, sus construcciones fantásticas caían como un castillo de naipes, desvelando aquel mundo mágico en el que nuestro protagonista  se movía como en el juego de ajedrez  o en una partida de póker, superando los desafíos con fuerza y ánimo, sin medias tintas ni paños calientes.

Necesitaba darse un respiro, contagiarse de optimismo, sin vaivenes ni oscilaciones. No podía permitir darse más largas y con tiempo, calma y paciencia sentía necesidad de volar e iniciar una nueva vida, andando sin pararse. Sin puntos ni comas, con la paz  y la serenidad de olvidar los malos momentos, aunque solo fuera por unas horas.

Indefensa solitaria
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