Ilusorio Imaginario
Juan Antonio Palacios Escobar
Muchas veces dudaba y se debatía entre si era real o imaginario. No sabía muy bien si existía o tal vez era una invención de quienes creían verle, pero no estaban muy seguro de ello. Si hablaba creía estar escuchando a los demás, si oía, le parecía estar pronunciando una perorata sin fin.
A sus noventa años, Ilusorio Imaginario, echaba la mirada atrás y no estaba muy seguro de haber tenido cuatro hijos, porque actualmente no sabía nada de ellos y se sentía solo. Tampoco tenía la percepción de haber encontrado un lugar en una realidad que le costaba trabajo comprender.
Siempre había tenido facilidad para fantasear, para fabular historias e inventarse cuentos, pero lo de ahora le parecía una ceremonia de la confusión, en la que se mezclaba lo improbable con lo imposible, lo irreal con lo inexistente.
Ilusorio era capaz en muchas ocasiones de ver el todo en la nada, descubrir lo que estaba velado para los demás, anhelar lo que ni tan siquiera conocía y tomar la luz entre sus manos donde solo había oscuridad volando entre las sombras hasta un límite entre los sueños.
Cerraba los ojos y comprobaba que había muchas cosas dichas pero pocas por explicar, que en su imaginación no tenía capacidad de generar problemas y solucionarlos, que solía disimular sus olvidos porque se avergonzaba de ellos.
Imaginario en su actitud , a veces , tenía un comportamiento desconcertante que solía confundir a quien más presumía de conocerlo, ya que había días que se encontraba como era habitual y en otras ocasiones se sentía tan aturdido , despistado y cansado que no era capaz de seguir su ritmo habitual.
En ese no saber si era o no era, tenía cada vez más olvidos y descuidos, que cada vez aparecían con más frecuencia y que se manifestaban en un descuido de su imagen, el que había sido tan presumido, tan coqueto y tan bien vestido.
Lo que antes le parecía sencillo, cada vez le resultaba más difícil, lo que siempre había sido estabilidad y equilibrio, ahora eran permanentes cambios de humor, de tal manera que un día se encontraba eufórico y otros irritable y depresivo, como si fuera un bipolar, que nunca había sido diagnosticado
Su disco duro cada día estaba más vacío, y lo que le parecían recuerdos eran fogonazos aislados y deslavazados de su memoria, con una gran desorientación de no saber en qué tiempo ni en qué espacio vivía , de no saber quién era quien y quien era cada cual.
Desconectar hubiera sido fácil, solo dejarse llevar por la corriente de la melancolía, una vez que desapareció el amor de su vida, pero a pesar de sus dificultades de engancharse al mundo, había optado por pelear, por seguir luchando, más allá de cualquier tentación de hundirse en el paraíso de la nada, sin comunicarse con nadie e ignorándose a sí mismo.
Aquella tarde, como tantas otras de una primavera que era otoño camino del invierno de su vida, estaba sentado en aquel banco del parque que había sido testigo de sus juegos de niño, sus travesuras y amoríos de juventud, sus buenos momentos de padre y abuelo y ahora con la mirada alejada en el horizonte en busca de la memoria perdida, allí estaba de nuevo aunque no fuera el que siempre había sido.
Tal vez por eso, no nos da tanto miedo que pase el tiempo, sino que se nos olviden los recuerdos, porque la memoria como decía George Sand “es el perfume del alma”