Juan Antonio Palacios Escobar
Todo lo que hacía provocaba en los demás una reacción que no era precisamente positiva, y se movía entre la falta de tacto, la torpeza y la incompetencia. A Íbico le gustaba saltarse las normas, que en el fondo era una liberación y en las formas un descanso.
Pero Irritante no reparaba en nada ni con nada, ya que todo le producía, tal y como decía su equipo una inquietud, que provocaba un malestar en los demás y generaba una sensación de rechazo a prueba de bomba. Debía darse un tiempo, reflexionar y analizar ciertas cosas de su vida.
De tal manera que algunas palabras que podíamos aplicar como calificativo a nuestro personaje se quedaban cortas y no expresaban en toda su plenitud la grandeza y la miseria a la vez de su carácter insoportable. A sus 36 años, hacía honor a su apellido en todos los ámbitos de su vida diaria en los que se moviera, desde el familiar al trabajo pasando por los distintos círculos sociales con los que mantenía relaciones.
Íbico por irritante y previsible llegaba a resultar aburrido y desagradable. Era programador informático y se pasaba horas y horas encerrado en la habitación que tenía habilitada en casa de sus padres, aislado y sin comunicarse con el mundo. Su madre, con la que prácticamente no cruzaba palabra alguna, en su afán protector, decía que ya tendría tiempo de madurar y cambiar.
En su fantasía se consideraba por encima de los demás, aunque no era capaz de expresarlo, por lo que todo se quedaba en pura pose neurótica que iba poco a poco destruyendo su frágil personalidad. Lo que si era evidente es que no había minuto que no demostrara su flojera y casi nunca hacía el más mínimo esfuerzo, y procuraba inhibirse de cualquier obligación y dejarles toda la carga a los demás.
Jamás, ni por casualidad, cumplía con los horarios ni con los compromisos adquiridos. Además Íbico, que nos evocaba al poeta lírico griego, se mostraba en sus relaciones sociales manipulador en todo cuanto abordaba, chismoso en todo lo que decía y envidioso en todo lo que veía.
Irritante no se valoraba ni poseía una normal autoestima. Se manifestaba, como lo que era, un ser inseguro, que intentaba descargar en los demás todos sus desequilibrios, en un “si yo no soy feliz, amargo al más pintado” Una triste filosofía entre la incompetencia y el miedo.
Se crecía y se hacía doblemente inaguantable cuando notaba que su actitud impertinente y mal educada nos afectaba, por lo que lo más operativo y eficaz, pero sobre todo lo más saludable era no demostrarle que su actitud nos molestaba y controlarnos para actuar tranquilo y calmado.
Una de las actitudes que más desarmaba a nuestro amigo era utilizar el humor, tratando de hacer chistes y bromas suaves, sin sarcasmo y pedantería, con lo que sin pretenderlo lo llevábamos a nuestro terreno y su agresiva actitud daba la sensación de suavizarse.
En su escala de valores todo lo que hacían los demás le parecía mal y se definía verbalmente moviéndose más allá o en lo siguiente, cuestiones que era incapaz de definir y precisar. Toda persona sana mentalmente que se relacionaba con nuestro sujeto ponía a prueba la paciencia, y esta dejaba de ser una virtud para convertirnos en cómplices de arbitrariedades y criterios sin sentido.
Siempre, que uno se topaba con Íbico sentía la tentación de ayudarle a descubrir lo que hasta entonces no había estado preparado para ver, pero terminaba reconociendo que por mucha tenacidad y tesón que se pusiera en el empeño era inútil “luchar contra el destino, el que nace lechón, muere cochino”
