José Salguero Duarte
Patrocinado y organizado por el intelectual y gran humanista Vicente Marcet. El pasado viernes se celebró una corrida de arte y de cante grande, de las que marcan épocas por su esencia, aroma y pellizco. Dando el ganado lidiado un excelente juego, necesitando cuatro puyazos. Siendo el festejo en homenaje a Gerardo Vicente, que se despedía de la afición española.
En el sorteo preliminar, fueron las reses encajonadas en su punto, para que los lidiadores le pudieran meter hasta el herraje dental postizo. Presentándose la treintena de espadas invitados en el patio de cuadrillas, antes del horario previsto, para disfrutar de los prolegómenos. Pero metidos en faenas varios de ellos no pudieron con el ganado, exteriorizando estar más estropeados que la última rebanada de pan Bimbo. Siendo necesario que se tomaran la tensión y la píldora del día después, o sea, la pastilla del azúcar, del colesterol y del ácido úrico, etc.
El ‘Chato Jiménez' fue uno de los más entonados del festejo, arrancándose con el capote por fandangos de ‘Corruco de Algeciras’, haciéndolo a su edad magistralmente bien. Replicándole con los garapullos el banderillero Pepe Oliva, saliendo airoso del encuentro, entonando cantes por alegrías y coplas carnavalescas. Cantándole al pintor Pepe Marín el siguiente estribillo chirigotero: “Nuestro amigo Pepe Marín, ha llegado un poco tarde, y no sé lo que ha hecho, porque ha comido más que nadie".
El abstemio picaor Gabriel Medina ‘Gabrielito’, al estar a plan estuvo enorme inicialmente en la suerte de varas. Pero posteriormente, al ser capaz de comerse un burro por las patas, se puso hasta las cejas, hasta el punto, que al encontrarse tan agustito cantó a lo Pavarotti y bailó muñeiras y sardanas.
Juan del Castillo, que actuaba de sobresaliente, nuevamente destacó sobre los demás veteranos espadas, solicitando lidiar él solito cuatro huevos de granja salteados con cebollas de la Huerta Siles. Pero posteriormente, cuando hizo hueco en su estomago, se puso de grana y oro, con lo mucho que había para lidiar en el ruedo.
El artista Emilio Herrera, cuidó de no pasarse con los trastos toreando, haciéndolo con suavidad y temple estando cumbre. Pero a mediados de su faena se metió entre pecho y espalda un buen plato de conejos o liebres.
Independientemente del mucho ganado a lidiar compuesto por carne, chorizo, jamón, queso, morcilla, perritos calientes, conejos o liebres, etc. Fueron soltadas al ruedo varias paellas valencianas por si los espadas se habían quedado con hambre de torear. Y en el último tercio del festejo hubo postres, café y copas. Entregándole Emilio Herrera una de sus obras al maestro alicantino Vicente Marcet, en reconocimiento a su humanidad y extraordinarios sentimientos por lo algecireño, gaditano y andaluz.
El equipo médico dirigido por los doctores Jorge Felip y Antonio González, no tuvo que intervenir en la enfermería de la plaza a ningún lidiador. Saliendo los diestros del coso por sus propios pies y no por la puerta de arrastre.
