Eufronio Gorrón
Juan Antonio Palacios Escobar
Eufronio no pagaba ni por equivocación. Era incapaz de tener el más mínimo gesto de generosidad. Él que se decía creyente e iba a misa los domingos y fiestas de guardar, no daba la mano ni cuando se ofrecía al otro la paz, y jamás se unía a alguien para ninguna empresa si esto le suponía coste alguno.
Era tan cicatero y aprovechado que solo se reía haciendo eco de las alegrías de los demás. Sus esperanzas eran las mínimas, no le fueran a pedir dinero al verle feliz y entre encuestas y estadísticas procuraba formar parte de la mayoría silenciosa y que las facturas o las cuentas jamás llevaran su nombre.
Gorrón nunca ofrecía nada. Eso sí, casi siempre estaba con las manos abiertas, esperando cual podía ser su beneficio o de qué podía aprovecharse. Nunca estaba entre los que propiciaban un exceso de gasto y mucho menos cuando debía rascarse el bolsillo.
Casi siempre le acusaban de ser un parásito de sus mejores amigos, a los que les pedía sin ningún miramiento que le pagaran la cuenta del restaurante o que abonaran con sus tarjetas la cuenta del Supermercado o todo aquello que pensara comprar.
No quería caer en el tópico de ofrecerlo todo para no dar nada y vivir a costa del otro como hacía vocacionalmente Eufronio Gorrón no era tarea fácil, máxime cuando este tiene el mismo objetivo obsesivo de no pagar en un hábito sin principio ni fin.
En el colmo del cinismo como era tan tacaño. Incluso en reconocer el mérito de los demás, te hacía experimentar sentimiento de culpa por los premios que por tus propios méritos hubieras podido recibir, y él solo esperaba que tú le ayudases, sin que moviera un dedo lo más mínimo para empujar o hacer todo lo contrario.
Nuestro particular personaje había desarrollado una extraña y no saludable adicción de recibir y jamás dar. Necesitaba que le explicaran que no era bueno para él, que cada vez que le dábamos y cumplíamos generosamente con sus peticiones, reforzábamos el hecho de que era incapaz de hacer algo por sí mismo.
Con una caradura impresionante, casi siempre procuraba tomar ventaja para satisfacer sus necesidades y deseos, y no debíamos sentir la más mínima culpabilidad por decirle alto y claro que no cedíamos a sus peticiones, que esa gorronería de recoger sin sembrar lo más mínimo era un gran ejercicio de egoísmo.
Resulta saludable el ejercicio de dar y ser generoso, lo que no debemos estimular es a las personas como Eufronio, que van por la vida aprovechándose de nuestra buena voluntad, hasta el punto de que se convierte en altamente perjudicial no solo para nosotros sino para él también.
Una cosa es ser austero y sobrio, que puede ser una cualidad en los tiempos que corren y otra muy distinta, es ser cicatero, tacaño y chupóptero de los demás. No es lo mismo vivir entre tesoros ocultos y de forma miserable, que dilapidar fortunas que no se poseen.
Como cada cual, Eufronio, tenía la oportunidad de un nuevo comienzo ,con unas nuevas claves de vida que le demostraban que era mucho más capaz de lo que se había demostrado , pero debía confiar en él . Debía dejar fluir los acontecimientos y no aferrarse a los esquemas predictivos y los programas prefijados y abandonar engaños de lujo o salidas baratas bajo la apariencia de verdades. Debía ser generador de tiempos interesantes, lejos de momentos aburridos o entrar en una deriva enloquecida en la que todo le daba igual.