Eufemio Orgulloso
Juan Antonio Palacios Escobar
No se avergonzaba de sus origines humildes. Tenía un alto sentido del deber y demostraba con sus actuaciones que era alguien en quien se podía confiar. Intentaba no alterarse ante las situaciones de estrés a pesar de su apasionamiento, pero cuando le atacaban en su dignidad, enseñaba los dientes.
Eufemio estaba pletórico y era capaz en ocasiones de hacer de su existencia un sueño y llevarlos estos a la realidad, pero nunca sentía miedo de nada ni de nadie, aunque a decir verdad si lo tenía del miedo mismo. Sabía que era más fácil describir que opinar y como decía Benjamín Franklin”el que vive de esperanzas, muere de sentimientos”
Orgulloso, se asombraba de que tanta gente hablara de la corrupción, pero no se le pusiera remedio, como los creyentes temían al infierno y lo alimentaban en la tierra, como nos pasábamos la vida deseando aquello que no teníamos sin disfrutar de lo que estaba a nuestro alcance.
En su tenacidad estaba empeñado en buscar lo mejor, lo que le convertía en candidato para conseguirlo y por supuesto no había nada más apropiado que acompañar las palabras de los hechos, sino como afirmaba Demóstenes no valen para nada.
Estaba haciendo lo que realmente le gustaba, lo único que realmente le importaba y es ayudar a los demás y demostrar al mundo que las cosas se pueden hacer de otra manera. Tal vez ahora era el momento más idóneo para iniciar un nuevo camino y cambiar su vida con otro aire e ilusión.
Se sentía más fuerte de lo que realmente creía, para dar la cara ante los problemas y afrontar los cambios inevitables., superar las nostalgias y los abatimientos y las carcomas de la envidia. Sin embargo, a veces como todo hijo de cristiano necesitaba contener su disparate interior con unas dosis de compañía, afecto y comprensión.
El optimismo que le inundaba en sus acciones le hacía sentirse infalible y hasta travieso y lleno de diabluras lo que no se permitía era la infalibilidad ni transformar las oportunidades en amenazas. Tenía las cosas tan claras que no confundía temprano con precoz, ni educar con enseñar.
A corazón abierto, entre sinrazones y golpes de timones, Eufemio a sus 63 años, recordaba los viejos tiempos y se sentía omnipresente aunque invisible, y huía de los follones y desbarajustes políticos, y de las chapuzas irritantes por ser inútiles y contraproducentes, además de peligrosas.
Había aprendido con el tiempo a aceptar a las gentes tales y como eran, y estaba imbuido del pesimismo de la razón y el optimismo de su voluntad, y luchaba contra la inmovilidad de quienes siempre se aferraban a que las cosas no podían ser de otra manera, cuando hay algunas que por mucho que nos la adornen no podemos admitir porque son injusticias y barbaridades.
Debía vencer la tentación de caminar de un lugar a otro con sus fantasías y fantasmas e imaginar corporeizarse en distintos animales, y entre lo ridículo y lo patético, las controversias y discusiones, las predicas de los puritanos y moralistas, sabía mantener la calma y el control emocional.
Necesitaba jugar y divertirse. Disfrutar del placer de vivir. Había factores y circunstancias que le hacían sentirse así. , sin dudas, miedos e incertidumbres, sin rumores ni cotilleos, sin celos, orgullos paralizantes y visiones enfrentadas de las cosas.
La vida le estaba regalando abundancia, tal vez porque hacía las cosas en las que realmente creía.