Juan Antonio Palacios Escobar
Nuestro personaje se refugiaba en sus pensamientos las tardes festivas en las que lo permitía su trabajo. A veces jugaba solitarios con la intención de vencerse a él mismo, Otras dejaba pasar el tiempo como si nada ocurriera pero con la firme decisión de derrotar a quien se le pusiera por delante.
Con frecuencia se enfrentaba a personajes patéticos que ni buscaban nada, pero que encontraban menos, que entre fantasmas y fantasías terminaban ignorando incluso sus paraderos y en su prudencia se guardaban más de lo que decían.
Etelvino había montado su vida como si fuera un espectáculo y los objetos que le rodeaban fueran juguetes en sus manos. , aunque descubriera con el tiempo su verdadera tragedia que no sabía jugar y que se aburría soberanamente
Dudaba en muchas ocasiones de la visión de las cosas que le rodeaban y de la mirada que el proyectaba sobre su entorno. No sabía muy bien si atrapaba o le secuestraban. Si era un captor o un capturado. Si subía o bajaba la cuesta.
Pensante, reflexionaba entre breves y largos, cadentes y decadentes, reversibles e irreversibles, propósitos íntimos y públicos, plantes e implantes, visiones y supervisiones, huidas y escapadas, cautos e incautos, soledades y multitudes.
Había aprendido, que jamás había una sola manera de arreglar las cosas, que por muy seductor que se fuera en el uso de las palabras, no se podía exigir a la verdad utilizando la mentira, ni predicar la honradez robando, ni el amor matando.
Nuestro personaje era el ser más contradictorio del mundo, capaz de soñar despierto o dormido. De luchar por una vida justa y mejor por muchos obstáculos que le salieran al camino., superando cualquier ataque de tristeza y desolación.
Su máxima fuerza era la novedad de la ilusión, lejos de entrenarse en repetir una imagen repetida y monótona, de deleitarse con fragancias de olores insoportables, en lugar de abrir sus fosas nasales a olores naturales y desconocidos.
En sus sueños casi siempre terminaba viajando en círculos, como si fuera un jeroglífico sin solución, el vaivén de unas olas que van y vienen, pero que cada vez nos sabemos lo que nos traen y lo que se llevan, entre la desesperación y la esperanza, la vida y la muerte.
Muchas veces a Etelvino le sorprendía estar rodeado de gente maravillosa y de individuos impresentables, de lo mejor y lo peor de cada casa., de lo arcaico y lo moderno, de lo colorido y lo gris, de lo ordenado y armonioso y lo caótico y desafinado.
Había historias que le contaban, entre resplandores y estupores, admiraciones de propios y extraños, cantos y encantos, dulzuras y amargores, inquietantes y apacibles, pero casi siempre le resultaban interesantes, entre individualidades y cortejos.
E.S. no era una persona al uso que pasara desapercibida, sino que irradiaba dulzura y buenos sentimientos y poseía el olfato de descubrir un regalo en cada rincón de su interior y de su exterior, de elaborar un misterioso texto que soportara una interesante historia.
Para Pensante la vida surgía cada día, que le impulsaba a descubrir los secretos de lo propio y lo ajeno, de las victorias derrotadas y de las derrotas victoriosas.
