Juan Antonio Palacios Escobar
Errático era extraño en todo su pensar y actuar. Andaba como un pato mareado, pero resultaba entrañable y cariñoso. Siempre estaba abierto a todo tipo de relaciones y experiencias. Entre pasmado y ausente, pretendía hacer de cualquier cosa algo distinto y singular, divisando otros horizontes y descubriendo nuevos abismos.
Su vida con más sombras que luces, teñida de intensos momentos en los que sabia superar los quebraderos de cabeza que se le cruzaban en su camino. Aquella llamada de la persona que quería, le situaba con los sentimientos a flor de piel y le reconfortaba como la mejor de las vitaminas transmitiéndole energía positiva.
Ahora se sentía alguien muy especial, optimista y con buen humor .Por una vez pensaba en anteponer su felicidad a la de los demás. Se había preparado para el compromiso y no tenia miedo a expresar sus sentimientos, aunque siempre dispuesto a vivir una experiencia llena de sorpresas.
No era persona de connivencias ni de conveniencias, pero en su convivencia se mostraba conciliador y evitaba los reproches, y aunque en ocasiones le inundaba la dispersión y le costaba trabajo mantener la concentración, distinguía perfectamente lo falso de lo auténtico, disfrutando más de los preparativos que de la actividad misma.
Con la experiencia que le daban sus años, más de seis décadas en este mundo, había aprendido a superar esa tendencia a crear conflictos inútiles y provocar situaciones negativas cuando las cosas no salían como el esperaba, incluso a no rendirse a las ofertas ventajosas que encerraban trampas.
En sus rarezas y singularidades, no soportaba la pretenciosidad de los sujetos insustanciales que viven alejados de la realidad aunque presuman de saber de ella, o que en el cinismo del más difícil todavía son capaces de defender una cosa y la contraria al mismo tiempo.
Tampoco se encontraba entre sus aprecios, los bocazas e incontinentes verbales, ni los camaleones que obraban según las circunstancias y sus propios intereses, Con esa facilidad para mudar la piel y ser austeros o derrochones según les conviniese.
A pesar de su gusto por la innovación y la renovación, la vida le había enseñado que había cosas que permanecen, lo que no significaba que debía echar por la borda lo mucho que había sido capaz de cambiar y transformar desde su posición de amante de la vida y aprendiz de si mismo.
El paso de sus andares por los distintos caminos le había ayudado a conocer mejor la realidad, a ser un revolucionario de la palabra, a explicar las cosas de forma que lo entendieran, evitando malos entendidos y problemas difíciles de resolver.
Observador de la singularidad de la variedad, entre sapos y culebras, activos y cansados, amnesias y olvidos, escaseces y excesos, carreras y quietudes, debilidades y fortalezas, prejuicios y perjuicios, impresiones, intuiciones, intenciones y sensaciones había aprendido a no dejarse llevar de las ilusiones visuales y cognitivas.
Pretendía renovar su paisaje mental, quería liberarse de aquella fijación de las nuevas tecnologías y no estar pegado a una pantalla todo el día. Con ánimos elevados y ganas de vivir la vida, no necesitaba ir corriendo a ninguna parte, no tenia prisa. Se sabía original sin caer en la excentricidad.
Le gustaba estar a su aire, sin ataduras y sin compromisos de ningún tipo, dispuesto para la tradición de la vanguardia y la vanguardia de la tradición.
