Yenny Obando, Teleperensa.com/honduras
Recientemente acompañé a un familiar a un hospital público de San Pedro Sula, en la zona norte de Honduras, ya que este padecía de una dolencia, y el médico de turno le dijo que debía ser operado de emergencia.
Pero a renglón seguido nos quedamos con la boca abierta cuando nos dijo que no podía operarlo porque no contaba con gasas, hilo para suturar, jeringas, bisturí, guantes, analgésicos, algodón y medicamentos, entre otros elementos, y que si queríamos salvar su vida debíamos comprar nosotros todos estos insumos. Al ver la condición de nuestro familiar no nos quedó más remedio que proceder y comprar nosotros mismos todos los materiales.
Esta situación contrasta abruptamente con la versión de las autoridades de la Secretaría de Salud, de que los hospitales están abastecidos.
Tenemos que aceptar la cruda realidad: nuestro hospital, el nosocomio que atiende a los hondureños, ha colapsado. La corrupción, mala gestión, falta de planes, visión, han logrado que no haya ni jeringas para inyecciones.
Para muchos la esperanza es lo último que se pierde; pero para otros esa fe se diluye al ver que el Estado olvida las necesidades de miles de hondureños y hondureñas que diariamente buscan atenciones en centros y hospitales precarios.
La falta de medicamentos e insumos hace que la gente tenga que comprar en las farmacias privadas a precios onerosos lo necesario para atender su enfermedad, y el Estado desatiende esta realidad. Muchas veces esas droguerías pertenecen a los mismos galenos que hacen negocios con la salud de la población hondureña más necesitada.
En los centros médicos se presentan casos que conmueven hasta a los más insensibles. Muchas personas piden dinero para comprar un jarabe, una píldora, una jeringa, o para adquirir materiales con que operar a sus seres queridos; otros solicitan dinero hasta para comprar el ataúd. Esto se da a vista y paciencia de las autoridades a quienes no les interesa en absoluto resolver este flagelo y estas violaciones a los derechos de la ciudadanía, importándoles más la disputa de un partido de fútbol.
El nosocomio en cuestión en alguna oportunidad contó con los mejores médicos especialistas de Honduras, y hoy tengo la certeza de que ya nadie quiere ser médico de sanidad sobre todo porque tienen que cargar con todo los problemas existentes y las recriminaciones de los pacientes que les dicen a los médicos “me dio una receta de un medicamento que no existe, usted me ha engañado”.
Los principales servicios han colapsado y los pacientes se mueren, no tanto por la enfermedad, sino por la falta de atención especializada y medicinas. En Honduras enfermarse y ser pobre es sinónimo de muerte.
