Juan Antonio Palacios Escobar
Se encontraba en un permanente estado de ansiedad. Amigo de visitar médicos, de consultar a psicólogos, de hablar con todo tipo de brujos y mentalistas, entraba y salía de las consultas, clínicas y hospitales, como si de su verdadero domicilio se tratara. Le encantaba contar sus trastornos y patologías, con todo lujo de detalles de sus síntomas y circunstancias, hasta agotar al más paciente que se le pusiera por delante.
Agobiado por casi todo y en ese estado de inquietud que no sabía muy bien si era una cosa o toda la contraria, convertía las claridades en confusiones, los ánimos en desánimos, los todos en nadas, las construcciones en destrucciones y producía una gran perplejidad en todo el que le observaba por su negativismo a ultranza.
Con frecuencia se sentía cansado, como si hubiera descargado un camión de sacos de patatas él solo, dormía poco y en su ser y vivir el mundo al borde del abismo, era como si todos estuvieran confabulados contra él, en una especie de conspiración por considerarlo un peligro púbico.
Emeterio era una persona insegura, incapaz de tomar una decisión, casi siempre inundado de incertidumbres, sospechando de todo lo que se moviera en su alrededor y haciendo del recelo una de las principales armas de su filosofía de temores y miedos a perder el control de las personas y situaciones.
Entre la impulsividad y la torpeza, le resultaba muy difícil permanecer demasiado tiempo sin meter la pata y decir y hacer lo más inconveniente en el momento más inoportuno, y cuando se ponía intransigente y cabezota, no solo se crispaba él, sino que desesperaba a los demás, en un triple salto mortal sin red de “puedo ser más inaguantable si me lo propongo”.
No era capaz de diferenciar lo importante de lo superfluo y se empeñaba en teñirlo todo de negro, como si estuviera de luto permanente y en ocasiones se encerraba en un mutismo hermético, en océano sin palabras y en otras hacía gala de una verborrea sin sentido que parecía la expresión de una explosiva locura.
Sus reacciones ante cualquier dificultad eran desproporcionadas y se pasaba el día entre el estrés y el desasosiego, como si estuviera subido en una montaña rusa que jamás se detiene o metido en una centrifugadora que cada vez coge más velocidad , llevada de una inercia sin principio ni fin.
Las situaciones nuevas le provocaban pánico y no soportaba ser el centro de atención de los demás, por lo que en cuanto se encontraba en tal embrollo , procuraba huir o evadirse como si hubiera tenido una alucinación o le estuvieran torturando.
Había sentido de todo hasta llegar a ese estado en el que, muchas veces parecía paralizado, entre nudos en la garganta, palpitaciones, temblores, apretones de estómago, dolores de cabeza o sensaciones de desmayo, rubores, sudores e incluso ataques de histeria.
Una y otra vez se preguntaba, cuando terminarían aquellos miedos e inseguridades, de qué forma podría superar aquellas obsesiones, cómo lograría romper ese círculo vicioso que le tenía prisionero de sí mismo, que sin darse cuenta le convertía en una víctima y le impedía disfrutar plenamente de su vida.
Recordaba ahora las palabras de Steven Hayes” si siempre haces lo que siempre has hecho, siempre obtendrás lo que siempre has tenido “o aquellas otras de Wayne Dyer “cuando cambias el modo en que ves las cosas, las cosas que ves cambian también”
