Juan Antonio Palacios Escobar
Nuestro amigo Heliodoro Gutiérrez siempre había sido y se había comportado como un envidioso y resentido. No soportaba que alguien le demostrara que a lo largo de su vida pública había demostrado una y otra vez ser un perfecto inútil. ÉL que desconfiaba y sospechaba de todo aquello que le rodeaba, ahora recibía todo lo que había sembrado.
Era de uno de los personajes más miserables, viles y tacaños que había conocido en política, y su forma de actuar, queridos lectores de TELEPRENSA.ES, se mostraba como la máxima expresión de la intransigencia y menosprecio hacia el prójimo, negándoles a todo el pan y la sal.
Su figura rechoncha y aplanada, adornada con un bigote a lo Franco o a la Hitler ya que ni creía ni predicaba la democracia por muchos golpes de pecho que se diera en nombre de la misma y sentenciara sobre lo que debía hacer cada cual.
Dibujaba una silueta siniestra, babosa y aburrida, que disfrutaba con las pequeñas conspiraciones de sus círculos cofrades, en los que durante todo el año parecía estar de penitencia procurando que no se le viera el rostro bajo la túnica y el capirote, pero que jamás aportaba nada nuevo, por mucho que su cabeza estuviera como una olla en ebullición.
Había salido tras cuatro años de estar encerrado en las cuevas del olvido, y era la prueba más palpable que el tiempo puede hacer a cualquier personaje manifiestamente empeorable. Había sabido esperar para ver cual era el curso de los acontecimientos
En el archivo de su vida siempre había anidado la traición, y el pretender que podía comprar todo tipo de sensaciones, incluso era tan soberbio que se empeñaba en salir por donde no había puerta, saltar sin ninguna ventana a la vista, inventarse todas las palabras que desconocía y formular todas las preguntas posibles en medio del silencio.
HG que era como le conocían sus hermanos cofrades, en sus maniobras y enredos, gustaba de articular todo tipo de campañas difamatorias y tapar las fechorías que se le ocurriesen, entre pesadillas, ansiedades y malos augurios, haciendo correr rumores sobre todo aquel que osara cruzarse en su camino.
Aunque en su verdadera condición, era de natural miedoso y eso acentuaba su estremecimiento y su culpabilidad por mucho que quisiera disimularlas, amen de su inquietud e irritabilidad, que por imprevisibles y rutinarias resultaban aburridas.
Jamás se le había visto dar la cara por nadie y no es que fuera tímido, simplemente era egoísta y cobarde. En sus cortas miras, estaba más pendiente y obsesionado por las formas que por el fondo, y era incapaz de anticiparse a las situaciones, de evaluar y priorizar la decisión más adecuada, de interpretar las partituras de la realidad o de encontrar el justo equilibrio.
No conocía la sinceridad y la generosidad, aunque era un maestro en el arte del fingimiento, de parecer sincero siendo un gran mentiroso. Siempre llevaba un letrero colgado al cuello, se vende, y el precio era convenir siempre que el estuviera bien situado.
Había perdido toda su humanidad y ahora que su futuro estaba cada vez más adelgazado, no entendía como todavía existían soñadores que querían mejorar la realidad, que seguían pertinaces trabajando por que la gente tuviera mayor bienestar y fuera más feliz.
Sus ojos inexpresivos, encerraban toda la maldad acumulada de muchos años, en los que solo se había ocupado y preocupado de si mismo, y no había reparado en dar a cada uno el pan y la sal correspondiente
