Crodegango Luminoso
Juan Antonio Palacios Escobar
Iba por la calle desprendiendo luminosidad. Irradiaba un resplandor especial y solía ser brillante en las conversaciones de cualquier café o en la documentada Conferencia que le habían encargado para unas Jornadas Técnicas a las que había sido invitado como ponente excepcional.
Podía jugar y trasladar las palabras como quisiera, expresando profundos pensamientos o reflexiones filosóficas o dulces e íntimos versos, dibujar con el lenguaje las flores de la primavera o las hojas caídas del otoño, iniciar un viaje del amor a la amargura, del placer al conflicto.
Crodegango era capaz de sobrevivir a pequeñas conquistas y a grandes fracasos, prefería reencontrarse continuamente y reinventarse aunque solo fuera un ejercicio ficticio, que suicidarse o terminar por parar su autobús y bajarse.
Entre convulsiones y terremotos, los cambios iban a ser buenos a la larga, aunque había factores e informaciones internas que desconocía. La felicidad no consistía en vivir en la permanente ansiedad de conseguir más sin límites sino en valorar y disfrutar lo que tenía.
Aunque perfeccionista y encorsetado, tras su mente embrollada, lo más importante era no dudar sobre lo que había decidido. Bajo la presión de las obligaciones y las dependencias de las devociones, en el océano interior de sus confusiones y aclaraciones, sabía mostrarse tolerante con los demás, a pesar de sus cambiantes estados de ánimo.
Había aprendido a sus 54 años , que se escondía un significado más profundo en algunos gestos .y Luminoso prefería una tormenta que un mar en calma , más tendente a la pasión que a lo que dicta la razón., pero huía de la soledad que tenía cuando no la quería y la deseaba sin lograr encontrarla.
En otras ocasiones, era un tren a punto descarrilar, pensando en muchas cosas y no teniendo nada que decir. Un combate que estaba dispuesto a perder de antemano en el que solo escuchaba su propio eco, a pesar de había muchas voces.
Tenía la serenidad de quien solo aspiraba a ganarle la batalla al tiempo, sorbo a sorbo. Como buen creador de ilusiones, casi siempre, le llegaba una sorpresa en forma de mensaje. Se preguntaba con cierta insistencia cuales eran sus perspectivas y que había cambiado en vida.
Lejos de celos y preocupaciones, resentimientos y culpabilidades, tenía que aprender a perdonar pero no sabía cómo hacerlo. Quería situarse fuera del laberinto de las mentiras y fantasear con la venganza que solo prologaba su rencor y sufrimiento.
Atendía con desgana las peticiones de los demás y debía aprender a manejar los tiempos. Crodegango no podía obsesionarse ni por el final ni por los resultados. Aquella tarde había recibido un mensaje algo inquietante, que podía absorberle y paralizarle, pero afortunadamente no fue así.
Se había propuesto marcar distancia con el presente, Aquello era una huida con retorno. , y en el que tal vez aunque volviera al mismo sitio no iba ser el mismo lugar. Experimentaba la sensación de haber iniciado un camino nuevo, en el que las cosas comenzaban a salirle bien y se sentía liberado de presiones y prisiones.
Había adoptado un enfoque positivo ante las situaciones que estaba padeciendo. Estaba seguro que tras tanto daño como le habían querido hacer, todo se solucionaría. El éxito y el fracaso dependían de sus actuaciones y debía marcarse metas y objetivos que estuvieran dentro de lo posible.