Cosas increíbles
Juan Antonio Palacios Escobar
Nuestra cotidianidad está llena de actuaciones rutinarias y predecibles, pero en ocasiones ocurren cosas aparentemente increíbles a las que resulta difícil y complicado buscarles una explicación, y son como disgresiones de nuestra realidad, en la que nos movemos entre oscuridades y tinieblas.
Situaciones en las que perdemos la noción del tiempo y el espacio , y en la que parece que hemos abandonado el interés por muchas cosas , a excepción de aquellas que nos martillean y obsesionan , y parece que todo sucede al revés de cómo lo habíamos imaginado.
Hay incluso hechos de los que podemos explicar todas sus causas y consecuencias, mientras que otros, queridos lectores de TELEPRENSA.ES, se nos presentan como extrañas coincidencias, en los que no sabemos contar el qué y cuales serán las secuelas que arrastraremos al ser protagonistas o testigos de los mismos.
Acontecimientos esperados o inesperados, felices o desgraciados, nos esperan en nuestros caminos, y entre sorpresas e imprevistos, descubrimientos y etiquetados, nos acercamos y alejamos de aquello que creemos conocer y no tenemos ni la más remota idea.
Entre la nostalgia y la melancolía, en la aspiración de querer fabricar nuestro futuro, todos tenemos motivos para sentirnos orgullosos o experimentar vergüenza ajena por nuestra ansiedad consumista de tener a toda costa, aunque sea dejando ser quien realmente nos gustaría.
Muchas veces nuestras intenciones son buenas, pero somos incapaces de llevarlas a cabo entre inquietudes e inseguridades, y nos creemos condenados a seguir fielmente un guión que no podemos cambiar, cuando nos bastaría negarnos a adoptar la comodidad del giro de la rueda y la corriente, y remar con nuestra barca en contra del viento aunque nos pareciera que eso significaba perder, en lugar de encontrar el sentido de nuestra vida.
Una de estas tardes, en la que las distintas cadenas de televisión se empeñan en colocarnos una y otra vez las mismas películas en la pequeña pantalla, me dispuse a ver por enésima vez, en una sesión cinematográfica de sofá “Lo que el viento se llevo”, y he de confesar que aunque parezca increíble, en una especie de deja vu, era como si contemplara los fotogramas y los diálogos en riguroso estreno.
En algunas ocasiones presumimos de sentirnos seguros y arropados, cuando estamos gritando socorro. Nos creemos como rocas indestructibles cuando somos bizcochos blandos y comestibles, vamos pregonando decálogos que no cumplimos, y producimos daños colaterales con nuestras decisiones que hubiéramos podido evitar.
Detrás de cada paseo o viaje, sería bueno darnos un regalo para los sentidos y montarnos una escapada romántica, bajarnos una estrella del firmamento y soñar mil y una historias, eliminando de nuestros horizontes todo aquello que no sea útil, hermoso y alegre.
Pasamos minutos, horas y días cuestionándonos como deberían ser nuestras vidas, en lugar de aprovechar cada momento en disfrutarla y vivirla al máximo, en no tomarnos demasiado en serio, porque si nos empeñamos a muchos instantes perdidos podríamos colocarle un lazo y obsequiarnos.
Llueve, llueve más, de día y de noche, sin parar, no para, ¡qué bien se está en casa! Hace un día espléndido, soleado, perfecto para dejarnos llevar y perdernos por cualquier rincón de nuestra ciudad, o quien sabe si irnos en busca de cualquier lujo natural de los que tenemos a nuestro alcance. En cualquier caso no desaprovechemos la ocasión. ¡Es única e irrepetible!