Celedón Valeroso

Juan Antonio Palacios Escobar

Nuestro Celedón no era el personaje que bajaba de los cielos con un paraguas anunciando allá por los comienzos de agosto las fiestas patronales de Vitoria. Nuestro hombre no era un muñeco sino un ser humano con todas sus fortalezas y debilidades.

Cada angustia y fatiga que pasaba la procuraba salvar con su espíritu positivo y cuando se le ponían las cosas feas y debía reaccionar, se mostraba abierto a los cambios y se levantaba con la convicción de un día nuevo en el que todo está por descubrir, procurando hacer de cada momento  algo único, satisfactorio y alegre.

Tenía presente en cada instante lo que decía Platón que “asombrarse es empezar a entender”. No se dejaba llevar de presiones inútiles y le producían una gran hilaridad los  rituales grotescos. Se sentía la persona más afortunada del mundo. Había descubierto algo grande y misterioso y es que las lecciones magistrales y los dogmas morales son un horror.

También había constatado a través de su experiencia que la rutinización está casi siempre cerca de la mediocridad, que entre inspiraciones y conspiraciones suele haber más lobos que corderos, que hay que valorar cada instante y  aspirar  que nuestro ánimo esté por las nubes en lugar de por los suelos.

Procuraba en su curiosidad descubrir los despertares y huir de los dormires, y en su solidaridad saciar a los hambrientos, predicar más con las sinceridades que con las hipocresías, y entre las cuentas y los cuentos mantener un equilibrio entre las ilusiones buscadas y las realidades vividas.

No entendía como había gente que se abría a la locura y se cerraba a la  sensatez , y entre heridas y curaciones, soñares y despertares fabricaba mundos fantásticos de falsas prosperidades , cielos azules y nubes de colores, de ilusiones vanas, quimeras inalcanzables y exorcismos vacíos.

Entre equilibrios y armonías, videntes y clarividentes, toques y retoques, monigotes y embaucadores, caricias y bofetadas, vencidos y amparados, hielos y anhelos, ojos y visiones, oídos y audiciones, amaneceres y atardeceres, se empeñaba en encontrarse a sí mismo.

Celedón Valeroso, se irritaba ante el poder de la apariencia, lo falso que parece auténtico y lo verdadero que termina siendo un timo. Sentía pasión por cualquier cotidianidad llena de aventuras, entre lo prestigioso y lo prodigioso, andares y volares, afirmaciones y negaciones.

Caminaba con estilo y sin preocuparse por las miradas y los comentarios, pero su capacidad de observación y reflexión le daba las claves que necesitaba y que es hay mucha gente que aprende las cosas pero no las comprende, que se pasa demasiado tiempo entre adoraciones y contemplaciones.

Nuestro hombre quería iniciar una nueva etapa en su vida, desprendiéndose del regusto amargo del pasado y despejando su mente de fantasmas y angustias para abrirla al disfrute intelectual, lejos de engaños, falsos anuncios y patatas calientes.

Debía confiar que las cosas iban a ir saliendo tal y como las había planeado y de acuerdo con su esfuerzo y su trabajo. No obstante tenía que  soltar ciertos prejuicios que le mantenían atado,  y que entre ellos su afán perfeccionista no le ayudaba a conseguir sus metas.

Sabía que los gritos son en la mayoría de las ocasiones sordos y que las palabras sonoras se suelen pronunciar bajito, sin arrogancia y con humildad, con presencia y decencia, con sencilleces y sin complejidades, con anhelos y desvelos, con la fortaleza de la ilusión en la consecución de que es posible conseguirlo a pesar de los obstáculos y las mediocridades.