Castor Clemente
Juan Antonio Palacios Escobar
Castor sabía que entre lances y voces, entre individualidades y colectividades, lo mejor era procurar no hacer nada, pasar desapercibido para no meter la pata, que entre la primera y la última oportunidad siempre estaba la realidad, capaz de superar los sobresaltos y liberarse física y mentalmente de las presiones.
También había aprendido a través de los años, que hay demasiado planificador y experto en saber y decir lo que tienen que hacer los demás, pero no tienen ni idea de que hablan ni pegan un palo al agua, y acaban yéndose por las ramas y divagando entre nubes y leyendas urbanas.
Entre pésames y felicitaciones, en el ejercicio de su responsabilidad, no podía continuar en esa estrategia tramposa que le impulsaba a caer en sus propias redes. Necesitaba aprender a leer lo que veía y aquello que aparentaba ser invisible.
Aquel bálsamo espiritual le hacía sentirse en paz con pequeños actos espontáneos, lejos de cualquier cosa prevista y planificada, lo que en ocasiones le hacía estar más cerca de sus objetivos de lo que realmente le pudiera parecer.
Clemente tenía claro que era mejor ser protagonista que figurante, que los conflictos de intereses y los comportamientos ficticios, entre instrumentos inútiles y herramientas innecesarias provocan efectos innecesarios y contraproducentes, incoherentes y contradictorios.
Entre la soberbia y el oportunismo, la aspereza y la crispación, los flujos de prosperidades y los reflujos de recesiones , los abusos y amenazas, nos parece estar viviendo la misma situación , un deja vu en un día de la marmota , los mismos nombres, los mismos personajes, las mismas historias.
C.C. como el resto de los mortales de la fauna humana se disfrazaba y maquillaba, para colaborar a este gran teatro del mundo que termina convirtiéndose en un espectáculo en el que todos engañan a todos aunque no lograba el histrionismo de algunas voces políticas.
Algo imprevisible le inquietaba y no terminaba de aceptar la disidencia como una actitud de deferencia hacia el otro, como una muestra de respeto democrático y le indignaba que fuera moneda de uso corriente decir una cosa y hacer la contraria y no tener en cuenta la opinión del otro.
Nuestro hombre alucinaba en colores, entre los movimientos pendulares de un extremo a otro sin matices ni graduaciones , entre quienes hoy nos quieren y agasajan y mañana nos repudian y rechazan, entre los lenguajes endogámicos y crípticos de algunos políticos que solo entienden el club de los iniciados.
También le irritaba e indignaba la indecencia de algunos comportamientos que le provocaban asco y hartazgo en el convencimiento que por mucho que se empeñara, las palabras no podían expresarlo todo ni eran el remedio para deshacernos de los malos hábitos.
Había sudado la gota gorda para llegar a hacerse muchas preguntas en busca de respuestas. Clemente se sentía perdido y necesitaba dejarse ayudar, porque la experiencia le había enseñado que además de inútil resultaba altamente perjudicial.
Aunque Castor no creía en los milagros, porque pensaba que eran perjudiciales para la salud, había decidido dar un giro a su vida y adoptar nuevas actitudes para hacer en cada momento lo que le viniera en gana sin cadenas ni condicionantes