Belén Bueno Simón, Psicopedagoga experta en Psicología Social y estudiante de Sexología
Retomando la temática de anteriores artículos, centrados en la orientación sexual y de pareja, ésta vez vamos a profundizar más en uno de los ingredientes básicos que nutren las relaciones: las emociones compartidas dentro de la pareja. Cada uno de nosotros experimenta multitud de sensaciones a lo largo del día, y todas ellas están influenciadas por un "todopoderoso" elemento: nuestro cerebro.
Por eso, el modo en que interpretamos los hechos que acontecen, ya sea de forma positiva o negativa, se conviertirá en la antesala de la emoción que experimentaremos. Así, dependiendo del cristal con que miremos, un mismo hecho podrá ser constructivo o catastrófico. La percepción que tengamos sobre lo que nos ocurra, nos llevará a ver la misma situación (o problema) como un reto o como algo espantoso; ante todo, nos influenciará la opinión que tengamos sobre nuestra capacidad para superarlo. O nos bloquea, o se convierte en una oportunidad única de aprendizaje y mejora. Y este aprendizaje, sobre el control y toma de consciencia de nuestras emociones, lo desarrollaremos a través de la inteligencia emocional.
Ésta aúna un conjunto de habilidades psicológicas que permiten apreciar y expresar de manera equilibrada nuestras propias emociones, además de entender las de los demás, y utilizar toda esa información, propia y ajena, para guiar nuestra forma de pensar y, también, nuestro modo de comportarnos. Lógicamente, este aprendizaje es extrapolable a todo tipo de relaciones (familiares, de amistad, laborales...) y, por supuesto, también las de pareja. Como hemos dicho en anteriores ocasiones, una relación amorosa se nutre de todas nuestras acciones y, para su permanencia en el tiempo, requiere de un trabajo consciente y diario de ambos.
Si utilizamos todas estas herramientas para fortalecer nuestro vínculo, estaremos dando un gran paso para la madurez de la relación y su afianzamiento. Intentemos, pues, conocernos mejor a nosotros mismos para mejorar el trato con los demás; escuchemos atentamente a nuestras emociones y manejémoslas de un modo más adecuado; pongámonos en el lugar de la otra persona antes de contestar; en definitiva, actuemos con sencillez y naturalidad, pero tomando las riendas de nuestras vidas de un modo consciente y centrado en el momento.
Sólo así conseguiremos la templanza y plenitud que nos permitirá encontrar, fácilmente, la estabilidad emocional que todos anhelamos.
