jueves. 04.06.2026

Zona virtual

Concha Casas Escritora

Circula un chiste por la red, que habla de un hombre que va a pedir trabajo como limpiador de WC de una gran compañía aérea. Pasa la primera entrevista y las demás pruebas a la perfección. Sin embargo cuando le van a formalizar el contrato, entre otros datos le piden su E-mail. El pobre hombre se queda anonadado y contesta: «yo no tengo E-mail». ¿Pero como?, se extraña el otro. «Si no tiene E-mail, oficialmente no existe y no puedo hacerle el contrato».

El pobre hombre abandona el lugar desesperado, apenas le quedan 10 euros en el bolsillo. Al pasar por una frutería decide comprar tres cajas de fresas y revenderlas por las casas en pequeños paquetes. Cuando vuelve a la suya esa noche se da cuenta de que ya posee 60 euros y se da cuenta de que puede vivir de ello. Comienza así una carrera que lo lleva primero a ser el mejor comerciante de su barrio, el de su ciudad después y el número uno de su país algunos años más tarde. Un día va a contratar unos seguros para su flota de camiones. Al pedirle sus datos entre otras cosas vuelven a solicitarle el E-mail. Y como en la anterior ocasión él vuelve a contestar que no tiene.

«Fíjese donde ha llegado usted sin tener E-mail, imagínese lo que estaría haciendo ahora de haberlo tenido». El otro sonríe complaciente y le contesta: «Estaría limpiando WC de una gran compañía aérea».

He querido iniciar mi columna con él para hacer una reflexión sobre lo que las nuevas tecnologías han traído a nuestra vida. Es cierto que nos han facilitado las cosas enormemente, por ejemplo, a los que nos dedicamos a la escritura en cualquiera de sus formas de una manera espectacular. El uso del teléfono móvil es ya mucho más que un avance, se ha convertido en un apéndice más de nosotros mismos y su presencia en nuestras vidas es vital e insustituible. Puede que no vuelvas a casa si te has olvidado la cartera pero si lo abandonado ha sido el móvil, vuelves desde donde sea.

Es decir, estamos creándonos dependencias ya que al traspasar ciertos objetos su función exclusiva de herramienta, pasan a la categoría de atadura. Y así vamos avanzando convirtiendo nuestra sociedad en una masa de individuos sin individualidad. Es decir, es más fácil cruzarte por la calle con gente sola hablando por el móvil que con parejas conversando hablando entre ellos. Nuestros hij@s «conversan» con sus amig@s a través del Messenger, con un lenguaje nuevo y limitadísimo en el que manejan un número de palabras que siendo absolutamente optimista no deben llegar a cincuenta.

Si nos sentimos perdedores, en vez de luchar por cambiar nuestra situación nos creamos una nueva vida virtual , en la que por supuesto podemos comprar, vender, transferir etc... en las mismas entidades en la anterior vida, esa en la que se paseaba simplemente por la calle.

Pero tod@s hacemos lo mismo, por eso hablaba de la falta de individualidad.

Seguimos las pautas y los cánones que se nos marcan no sabemos muy bien desde donde, sin siquiera planteárnoslo la mayoría de las veces. Asumimos lo que nos dictan sin pestañear. En la época de las grandes libertades vivimos presos del propio devenir del maremágnum en el que estamos inmersos sin plantearnos nada más allá.

Quizás sea una simple cuestión de equilibrio, porque estoy convencida de que sigue habiendo vida más allá de Internet. No estaría mal aventurarse de cuando en cuando por terrenos no virtuales.

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