El mayo francés
Miguel Aguado Hernández
¡Vaya por Dios! Después de cuarenta años viene monsieur Sarkozy a cargarse las jornadas más simbólicas de los años sesenta: el Mayo del 68. Los que en aquel año estábamos en la universidad fuimos protagonistas y testigos de la difusión de las consignas y graffitis que aparecían por los campus de París. Desde los más exitosos y populares: ‘La imaginación al poder’ o ‘Prohibido prohibir’, pasando por el utópico ‘Soyez réalistes, demandez l’imposible’(‘Sed realistas, exigid lo imposible’), el soñador ‘Sous le pavés, la plage’ (‘Bajo los adoquines, la playa’), hasta el cachondo ‘Soy un marxista de la tendencia Groucho’ (había otros apocalípticos que propagaban los más extremistas: ‘La humanidad no será feliz hasta el día que el último burócrata sea ahorcado con las tripas del último capitalista’).
En el último mitin de campaña realizado en Bercy, al candidato Sarkozy se le ocurrió desmontar los dogmas de los ‘soixante-huitards’ (una franchutada nunca queda mal): «Desde mayo de 1968 no se podía hablar de moral. Era una palabra que había desaparecido del vocabulario político. Hoy, por primera vez en decenios, la moral ha estado en el corazón de la campaña presidencial. Mayo del 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral. Los herederos del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo. Habían querido hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos alumnos, que no había diferencias de valor y de mérito. Habían querido hacernos creer que la víctima cuenta menos que el delincuente, y que no puede existir ninguna jerarquía de valores. Habían proclamado que todo está permitido, que la autoridad había terminado, que las buenas maneras habían terminado, que el respeto había terminado, que ya no había nada que fuera grande, nada que fuera sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla, ninguna norma, nada que estuviera prohibido».
No contento con esto ‘Sarko’ siguió diciendo que todos esos políticos que reivindican la herencia de Mayo del 68, que quieren imponer a los demás comportamientos, reglas, sacrificios que jamás se aplican a sí mismos. Que proclaman: «Haced lo que yo digo, no hagáis lo que yo hago». Que pretenden defender los servicios públicos, pero jamás los veremos en un transporte colectivo. Que aman tanto la escuela pública, que a sus hijos los llevan a colegios privados. Que siempre encuentran excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios a los que ellos no van jamás. Que hacen grandes discursos sobre el interés general, pero se encierran en el clientelismo y el corporativismo. Que firman peticiones y manifiestos cuando se expulsa a algún «okupa», pero no aceptarían que se instalaran en sus casas. Que dedican su tiempo a hacer moral para los demás, sin ser capaz de aplicársela a sí misma y que han renunciado al mérito y al esfuerzo.
Tres días después a este húngaro adoptado que se atreve a decir estas cosas, en vez de castigarlo por crispador, los franceses lo han hecho Presidente de la República. Ante la respuesta de los votantes me he preguntado (cambiando el sujeto de la oración de la célebre frase de Astérix): «¿Estos galos están locos?»
¿O somos los hispanos los que lo estamos?