Concha Casas. Escritota
El mundo cambia. Cambian las formas, los contenidos, el modo de enfrentarnos a él etc... pero lo que parece que no cambiará nunca es el ser humano.
Conserva los viejos vicios que lo han caracterizado desde el princípio de los tiempos. Estamos en una época en la que parece que todo vale. Y esto se aplica en casi todos los campos, por no decir en todos.
Cualquiera quiere su minuto de gloria y hace o dice lo que sea necesario para obtenerlo. Da igual que esa supuesta «gloria» le suponga una bajada a los infiernos. Lo importante es que ha estado en los medios el tiempo suficiente para llenar su bolsillo y satisfacer su ego.
Se persigue la fama como si ella conllevase el paradigma de la felicidad.
Curiosamente, los que son famosos por derecho propio (la mayoría, ya sabemos que excepciones siempre hay), darían cualquier cosa por convertirse en anónimos, al menos cuando pasean por la calle.
En estos días revueltos me ha llamado la atención la frase que escuché de una famosa muy en boga estos días, Isabel Pantoja. Decía sentir que la estaban lapidando. No voy a entrar en juicios paralelos, ¡Dios me libre de juzgar a nadie! Siempre me ha parecido algo terrible meterse a juez sin serlo, pero al margen de filias y fobias me parece tremenda la persecuación a la que esta mujer es sometida.
Siempre había creido que los buitres eran unas aves carroñeras que surcaban el cielo sobrevolando el ciclo natural de las demás criaturas para de alguna manera colaborar a limpiar la naturaleza. Quizás hayan sido injustamente tratados, ya que su función la cumplen.
Claro que de ellos lo que ha quedado es el calificativo despectivo que se utiliza para describir a aquell@s que se «nutren» de los demás en el peor de los sentidos.
Y sinceramente el espectáculo que se está ofreciendo en estos dias, la persecución demencial a la que esa mujer es sometida, el análisis hasta el milímetro de sus actos, hasta los más íntimos me parece vergonzoso y calificables quienen lo ejecutan con la acepción más peyorativa del ave anteriormente referida.
Me da igual lo que presuntamente haya hecho o no, que eso lo decidirán los jueces en su momento. Sencillamente no creo que nadie merezca ser perseguido de esa manera demencial cada día, minuto o segundo.
Debe existir un código ético que defienda a los personajes públicos y a los que no lo son tanto. No me extrañaría que en breve todos nosotr@s formáramos parte de un inmenso gran hermano del que ni siquiera fuésemos conscientes.
Defender la privacidad es elemental ya que es el primer derecho al que tod@s deberíamos tener opción. La libertad esa manida y maravillosa palabra no tiene sentido si consentimos este tipo de actitudes que desgraciadamente se están convirtiendo en la tónica general de cada día. Y curiosamente parece que a mayor grado de perversión ( no encuentro otra forma de calificar los contenidos de determinados programas), mayor audiencia . Solo de nosotr@s depende frenarlos, si no cuando vengan a por ti o a por mi será demasiado tarde.
