Oir y escuchar

José Añez Presidente de la Diputación Provincial de Almería

Esta semana, Junta de Andalucía y Diputación inaugurábamos centros Guadalinfo, de aprendizaje de Internet dirigidos especialmente hacia las capas sociales más desfavorecidas o con menos acceso a las nuevas tecnologías. La estrecha colaboración entre administraciones de distinto signo político ha permitido afianzar una red que supera los noventa centros en la provincia. Son centros donde los mayores descubren qué es un e-mail y se relacionan por correo con paisanos emigrantes, y aprenden a leer las noticias en los diarios digitales, entre otros usos. Un avance social de indudable alcance, que no hubiera sido posible de no ser por la cooperación desinteresada entre dos instituciones que, en las actuales circunstancias, ideológicamente, están en dos polos opuestos, pero que se necesitan mutuamente para poner en marcha proyectos enriquecedores para nuestros vecinos.

El ejemplo Guadalinfo es válido para exponer la teoría del municipalismo. Las personas que decidimos en su día consolidar un partido independiente y de Almería –el PAL- quisimos y queremos ser diferentes. No nos mueve otro interés que no sea distanciarnos de la filosofía calculadora y servil de las grandes plataformas políticas, cuyos representantes son eslabones de una cadena que no se preocupa lo más mínimo por las vicisitudes y los anhelos de la gente normal. ¿Saben por qué?. Porque quieren perpetuarse en los cargos de representación y no permiten la alternancia, porque su objetivo finalista es continuar siendo diputados, senadores o parlamentarios.

Con alguno de estos cargos de partido he tenido la oportunidad de hablar. Algunos reconocen que lo más importante es trabajar por entrar en una lista electoral, que ese es el principio y el fin de cualquier trayecto de gestión. Cuando les dices que su verdadero “amo” es y debe ser el Pueblo, se ríen con ironía desencajada. No es que desprecien a quienes los pusieron en esos cargos, es que saben que dentro de sus partidos “quien se mueve, no sale en la foto”. Nos podrán tachar de políticamente incorrectos por postularnos como alternativa sin el paraguas de los grandes partidos, pero es obvio que esa crítica nos favorece. Nos favorece porque lo que para algunos dirigentes es una debilidad, para nosotros es un instrumento de fuerza. Queremos gestionar y vivir con el sentido común que aportan los ciudadanos que no tienen responsabilidad de gobierno pero que, sin embargo, son conscientes de cuáles son los problemas y ofertan soluciones prácticas.

Por eso, cuando escucho a algunos adalides de la libertad criticar a aquellos que hemos sido discrepantes con las políticas oficialistas y decir que ellos sí son “hombres de partido”, no puedo sino esbozar una sonrisa de incredulidad. ¿Qué es un hombre de partido? ¿A quién sirve un hombre de partido? ¿Por qué los hombres de partido se ocupan más de las cosas de la sede que de las cosas de la calle?. Me cuesta responder a algo tan axiomático. Esos hombres son de partido porque quieren vivir de la política. Les da igual ser portavoces de Agricultura que miembros de la Comisión de Industria. Ni de una cosa ni de otra van a responder como quiere la sociedad. Van a responder como desean los que tienen mando en sus partidos. Van a acatar las leyes internas de los partidos. Van a ser sumisos, porque de esa sumisión nace una plaza en la siguiente lista electoral. Y esos hombres de partido, como saben que hay otros hombres de partido dispuestos a coger el relevo, se agarran al clavo del “Sí, lo que usted diga” para seguir reeditando éxitos personales, unívocamente personales.

En el título del artículo juego con las palabras oír y escuchar. Se suelen utilizar mal estos vocablos. Oír es percibir ruido externo. Escuchar es percibir ese ruido y, además, prestar atención, poner oído. Hay quienes oyen y no escuchan. ¿Acaso esos hombres de partido?.