Tiempo de Otoño

Concha Casas Escritora

Ha llegado el Otoño, tiempo de nostalgia dicen los poetas, así ha sido desde siempre. Ya en la antigüedad pagana se explicaba así su llegada: «un día Hades, el señor del mundo subterráneo, encontró a Perséfone que estaba recogiendo flores. La belleza juvenil de la diosa le causó tal impresión que se enamoró de ella y se la llevó a las tinieblas de su dominio para que reinase eternamente a su lado como reina inmortal de su oscuro mundo. La pena de la diosa Demeter al perder a su hija fue tan intensa que las flores y las hojas de los árboles se mustiaron y murieron.».

Sin embargo en los últimos años el Otoño nos deja un saborcillo real (si por real entendemos pertenecer a una determinada y única familia, debe ser que las demás somos de ficción). Un Otoño se anunció el compromiso del Príncipe Felipe con una periodista no muy conocida hasta entonces. También coincidiendo con esa fecha nació su primera hija. Y de nuevo la caída de las hojas coinciden con el anuncio de otro nacimiento real que me temo nos va a tener los próximos ocho meses con la cuestión de la sucesión a vueltas, por lo discriminatorio que supone la primacía del varón ante la mujer.

En esto no voy a entrar, la evidencia es tan aplastante que habla por si sola. Pero sí me gustaría hacer resaltar el absurdo que supone hablar de discriminación cuando nos referimos a una institución discriminatoria per se. ¿Porque el hecho de nacer en una determinada familia te faculta de por vida para dirigir una nación? Y por favor no me hablen de voluntad divina, tal cual está el mundo no creo que Dios tenga tiempo para semejantes incongruencias, bastante tiene con sus representantes y los comentarios de estos.

Digamos que en este contexto, el tema de la ley sálica me parece pecata minuta ante la gran discriminación que padecemos el resto de los mortales.

Supongo que a nadie le pasará desapercibido el trato casi reverencial con que se agasaja a los integrantes de la familia Borbón. Tanto es así que casi nos han hecho creer que son diferentes a los demás, que ellos se merecen un trato determinado, único y exclusivo, incluso que en su presencia los otros, o sea nosotros todos, pasamos poco menos que a la categoría de gusanillos.

¿Y saben cual es el mérito de tan excelsos personajes?, pues ni más ni menos que ser hijos de sus padres. Es algo que se cae por su propio peso en el siglo XXI. Bien es cierto que se habla de modernización de las monarquías pero ¿no se dan cuenta que la modernidad va en contra de su propia esencia?

Ellos son distintos por gracia de Dios, por eso durante toda su historia solo se han casado entre ellos, por todos es sabido que su sangre es azul.

Pero ahora en su afán de integrarse en la sociedad de su siglo, comparten su vida con quien su corazón manda (cosa fantástica en si misma, no lo entendería de otra manera), rompiendo así uno de los pilares básicos de su razón de ser.

No hace falta ser un lince para ver que el invento hace aguas por todas partes. De acuerdo que Juan Carlos I ha demostrado ser un buen gobernante.

Bregó bien en la difícil época que le tocó vivir y seguramente si se presentara a unas elecciones (como hizo el antiguo rey de Bulgaria) tendría muchas posibilidades de ganarlas, pero hasta la fecha ¿me quieren decir que ha hecho su hijo aparte de llevar una vida principesca para optar a modo vitalicio a la jefatura del Estado?

El siglo que comienza verá caer a todas las monarquías europeas, no tienen sentido en los tiempos que corren, los escándalos se ciernen sobre ellas y dudo mucho que el mutismo pactado a su alrededor pueda perpetuarse mucho más.

Todo lo vivo reproduce los ciclos de la naturaleza y si mucho no me equivoco estamos ante el otoño de una institución desde mi punto de vista totalmente obsoleta