jueves. 04.06.2026

El centésimo mono

Concha Casas Columnista de elfarodigital.com

Últimamente se oyó hablar mucho de nuestros ancestros en la evolución, (según Darwin porque el señor Busch y sus secuaces poco menos que lo han vuelto a excomulgar y defienden que el único ancestro válido es Adán). Los primates, me imagino que sin ellos pretenderlo, se convirtieron esta última primavera en protagonistas de primera línea de toda la prensa nacional.

Recuerdo que mi primer contacto con ellos fue en la antigua «Casa de fieras» del Retiro de Madrid. Entonces no existían ningún tipo de derechos que amparase a estos ni a otros animales y los pobres monos se hacinaban en un pestilente pozo al que había que asomarse para contemplar sus «monerías» allá a unos veinte metros bajo tierra. A pesar de mi corta edad, la fetidez del lugar fue superior a la curiosidad que pudieran despertar en mi y me aparté asqueada. Aunque debo confesar que todo aquel recinto no era precisamente apto para pituitarias delicadas.

Casi paralelo en el tiempo fue mi segundo contacto con la especie en cuestión. Por un lado en mis estudios, la teoría anteriormente citada era materia obligada en ciencias Naturales, y por otro apareció la maravillosa película «El planeta de los Simios», con ese imponente Charton Heston desvelando las noches de más de una. La saga que la siguió después aunque sin alcanzar ni de lejos el nivel de la primera, sí fue al menos igual de inquietante, puesto que todo lo que aparecía en la gran pantalla no era tan inverosímil, después de todo somos apenas un pasito más en la evolución de estos primates.

El más reciente, anterior a todo este revuelo que se formó, fue una curiosa y educativa teoría que cayó en mis manos de forma accidental. El autor de la misma es Ken Keyes, y enarbola la teoría que él denomina «el centésimo mono».

En Japón se estaba realizando un estudio sobre el comportamiento de determinados primates ante diferentes circunstancias mayoritariamente aleatorias. Un buen día uno de los individuos pertenecientes al clan sobre el que se estaba llevando a cabo el experimento, se acercó a la orilla de un lago y se agachó para lavar un boniato. La cosa no hubiese tenido mayor importancia si no llega a ser porque al día siguiente observaron que eran varios los que hacían lo mismo. Poco a poco el número de monos que lavaban sus boniatos a la orilla del lago se fue incrementando considerablemente.

Pero lo más increíble fue comprobar como otros grupos a miles de kilómetros de distancia y sin haber estado en contacto directo con estos primeros hacían lo mismo.

Al parecer, esto sucede en todas las especies. Cuando cierta masa crítica de miembros empieza a actuar o pensar de cierta manera, el resto de la especie adopta el mismo tipo de comportamiento.

Los físicos lo describen como «fase de transición»

La verdadera importancia de esto radica en que todos los que pertenecemos a una misma especie nos influenciamos mutuamente. Cualquier comportamiento se inicia con el primer «mono» que hace algo diferente.

Esto puede sentar precedente para bien o para mal. Cuando es el primer caso, bienvenido sea ese adelantado que se atreve a romper las normas. Pero desagraciadamente parece mucho más fácil imitar comportamientos indebidos de un primer sujeto que rompe con ciertos mínimos.

Todo esto viene a cuento por la polémica sobre el peso de las modelos en Cibeles que digan lo que digan, el año pasado fue más que una pasarela de moda una macabra recreación de Mathausen y lo que está claro es que desde allí se sientan los precedentes de «lo que se lleva». De manera que desde aquí mi aplauso a la iniciativa de este año, esperemos que suponga una «fase de transición».

El centésimo mono
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