Francisco Joaquín Cortés García Profesor de la UAL
Uno de los debates más intensos y recurrentes en la actualidad, en el ámbito de la gestión empresarial, es el relativo a la relación entre los principios y valores éticos, y el comportamiento empresarial; y, por utilizar la terminología actual, el de la responsabilidad social corporativa (RSC), o responsabilidad social de la empresa (RSE).
Los recientes escándalos financieros, la situación de burbuja en algunos sectores económicos, unidos en un mismo frente al proceso de mundialización, que ha comportado una subsunción definitiva e irreversible del resto de factores productivos al capital transfronterizo, debilitando la estructura y el poder de los estados y de los sistemas productivos locales, están provocando la necesidad de incorporar principios y valores éticos a un sistema jurídico insuficiente, que, sin lugar a dudas, marcha por detrás de la realidad empresarial o de la capacidad de emprendimiento o de innovación en las sociedades complejas del capitalismo tardío; y, por supuesto, por detrás de los propios problemas derivados de la intensificación y de una mayor movilidad de los flujos de los factores productivos: capital humano (procesos migratorios masivos por cuestiones de gradiente económico), capital financiero (desvinculación y falta de redención de la actividad financiera con respecto de la actividad económica real), etcétera.
Los remontes teóricos en torno al origen de la vinculación de la ética con la empresa, o, en general, con los negocios, son muy diversos. Algunos analistas del fenómeno encuentran sus raíces en la escolástica tardía española, vinculada a las ciudades de Salamanca y Alcalá: Vitoria, Soto, Molina... Otros, por su parte, encuentran su origen en los propios inicios de la Economía política como ciencia, es decir, en los economistas políticos clásicos: Smith, Malthus, Ricardo... De hecho, no hay que olvidar en este caso que el que es considerado el padre de la Economía política, ante todo, era un moralista.
A decir verdad, la ética o la moral siempre han estado de algún modo vinculadas a la economía, a los negocios y a la actividad empresarial, a pesar incluso del apagón ético que supuso la economía neoclásica, cuyo principal testigo es recogido por Milton Friedman en su reflexión en torno a la ética y a la actividad empresarial. De hecho, para Friedman, el mejor comportamiento ético y la mejor acción social de una empresa es la maximización del beneficio y, por consiguiente, de la eficiencia. A partir de aquí, la empresa, según el premio Nobel de economía, no tendría ninguna deuda con la sociedad. Es decir, Friedman no reconoce el contrato social implícito entre empresa y sociedad que otros analistas sí han reconocido para las sociedades avanzadas.
El origen más inmediato e indiscutido de la RSC y de la vinculación entre ética y actividad empresarial, en su concepción actual, es más reciente. En concreto arraiga en los años sesenta del siglo pasado, especialmente vinculado con el desastre de la guerra de Vietnam y el papel imperialista de las empresas estadounidenses. De hecho, el debate contemporáneo de la RSC se genera en EEUU. Estas grandes corporaciones, generalmente con intereses transfronterizos, es decir, empresas transnacionales, se caracterizarían por contar con grandes tecnoestructuras empresariales, con elevados costes de agencia, y en las que se produce una separación radical entre la propiedad y la gestión empresarial. En definitiva, estamos hablando de lo que Galbraith consideró como el mal del siglo en su testamento intelectual: la economía del fraude inocente. La generalización de importantes costes de agencia en las grandes corporaciones empresariales originó la necesidad de la elaboración de códigos de buen gobierno corporativo y otros códigos éticos en el seno de la firma.
La RSC en su concepción actual, indiscutiblemente, ha sido una exigencia de los consumidores y de las sociedades modernas. Pero, a mi juicio, éste no ha sido el detonante definitivo que ha motivado la eclosión del debate en torno a la ética y su relación con la actividad empresarial. Las empresas han visto en esta relación un beneficio inequívoco para sus intereses y para sus objetivos estrictamente empresariales. El trabajar o desempeñar su actividad en un entorno ético, que vaya más allá del ordenamiento jurídico, permite a las empresas reducir de forma espectacular los costes de transacción (inexhaustividad de los contratos, información asimétrica, azar moral, etcétera). El desempeño de la actividad empresarial basado en principios y valores de naturaleza ética contribuye de forma inequívoca a la mejora de la eficiencia económica. Con esto queremos decir que la ética es rentable. Y el apoyo a la RSC no se haya tanto en la demanda como en la oferta, y en los costes de agencia como en los costes de transacción.
